Se hace el silencio. María Eugenia acaba de contar una cosa que le pasó a sus primas cuando hacían el tonto con una tabla ouija. Ya nadie recuerda que hace una hora y media, la partida de Tabú se interrumpió bruscamente cuando a Dani, en medio de una de sus tronchantes protestas porque las palabras más jodidas siempre le tocan a él, se dio un golpe en la muñeca con el pico de la mesa y ha tenido que ir pitando a urgencias.
Y es que hay momentos que no admiten otro tipo de conversación. Se empieza animando el corte de rollo con «No será nada, un golpe y poco más», se pasa a «Me acuerdo yo de una vez que mi hermana fue a salir a la terraza y…», una cosa lleva a la otra y se termina hablando de rollitos paranormales. Al final resultaron más impresionantes que aquellas historietas sobre excursiones campestres nocturnas interrumpidas por el paso de «algo que no parecía un avión». Porque o bien todos resultan ser aviones o los extraterrestres son seres capaces de viajar a otros planetas e infiltrarse entre nosotros sin levantar sospecha, pero tienen el inexplicable capricho de cubrir sus naves de luces brillantes y encenderlas durante sus vuelos nocturnos. Me imagino la escena como un gag de Padre de Familia o Muchachada Nui (aunque con frases más cortas que las que voy a usar yo para no extenderme mucho):


—Quería hacerle un comentario sobre ese modelo de Exploración-Infiltación que su equipo ha diseñado. Se supone que nuestro objetivo primario es pasar inadvertidos.
—Para eso cuenta con una cámara de transformación corporal, conectada al prisma holográfico que recoge imágenes, y el…
—Ya, si lo de dentro, bien. Pero todo el casco está cubierto de luces halógenas que están siempre encendidas mientras vuela.
—Hombre, siempre no. A veces titilan.
—Hmf, sí, ya… ya lo hemos notado. Y no sé qué es peor, que estén fijas o que titilen.
—Técnicamente hablando, lo peor sería que no hicieran ninguna de las dos cosas. Significaría una avería total de los sistemas de energía.
—Eh… me refiero al tema incógnito. Quiero que quite esas luces que, por otra parte, sigo queriendo que me explique por qué están ahí.
—Son luces de posición, señor. Todas nuestras naves las llevan, para evitar colisiones entre ellas.
—¡Los vuelos regulares, no los interplanetarios!
—A mayor escala, precisamente. En el hiperespacio la velocidad es mayor, luego el tiempo de reacción disminuye. Es lógico poner más luces para que se vea desde muy lejos y dé tiempo a esquivarla.
—¿Pero con qué se supone que vamos a chocar? ¡Si ni siquiera van a ir todas las naves juntas! ¡Cada una va a un punto de la galaxia!
—Sería lamentable descubrir vida alienígena topándose de frente con ella en medio de un hipersalto. Y lo peor es que los demás nunca sabríamos por qué la tripulación dejó de responder, no les daría tiempo a contactar con la base para contarnos el descubrimiento. Sólo a gritar y taparse los ojos antes de morir.
SILENCIO SEPULCRAL
—Se lo inventa sobre la marcha, ¿verdad?
—Sí, eh… Lo cierto es que sin luces quedaban muy sosas.
Personajes como Carlos Jesús, Luixy Toledo o El Penumbra tampoco ayudaron a tomarse muy en serio el tema extraterrestres, y finalmente ese tostón de película que es K-Pax terminó por matar nuestro interés por todo lo que viniese allende la atmósfera. Pero ay, lo de los espíritus es otra cosa, eso sí que impone respeto (que es una forma fría y elegante de decir que algo acojona a troche y moche).Además, no todos hemos ido al campo de noche (a saber para qué, si a oscuras no hay quien encuentre revistas porno abandonadas), pero sí que nos hemos quedado solos en casa y ha pasado algo que nos ha dado mal rollo. No me refiero a cagar de color claro, que eso siempre inquieta, sino a que estés hablando por teléfono y de pronto se encienda la luz de la terraza.
De las tres explicaciones posibles, no sé cuál asusta más. La intervención sobrenatural tiene su qué, pero la posibilidad de que se te haya colado alguien en casa tampoco es que alivie. Ves a un tío desenchufando la Xbox para echarla al saco y no creo que pienses «Menos mal, creí que era un fantasma.» Entre otras cosas porque si han entrado una vez, ya sabes que pueden volver más veces (a menos que en La Gaceta de los Quinquis haya una sección de casas en las que ya se ha robado todo lo valioso y no interesa entrar más). La tercera posibilidad, que es el fallo eléctrico, en principio parece la más agradable. Pero a mí no me tranquiliza pensar que hay algo por ahí dentro que hace contacto o a saber qué. Por algo hay un dicho que reza: «Me da más miedo que un cable pelao».
Bien, pues el momento en el que María Eugenia concluye su relato y todos se quedan en silencio, cagaos, evitando mirar las ventanas de la proverbial «casa en el pueblo» por si ven reflejada una mujer vestida de negro o a Tip y Coll, que en paz descansen, haciendo el numerito del vaso de agua, es el momento que yo aprovecho para hablar sobre las caras. Esas caras que me inquietan, y que no me darían peor fario aunque apareciesen en la pared de mi salón (me daría más miedo la factura del pintor, seguramente). Esas caras que tienen un algo… que me pone los pelos de punta.
Antes de que pasen a mi particular sala de los rostros inquietantes, me gustaría hacerles unas advertencias. La primera es que las personas impresionables no deberían seguir leyendo. También se desaconseja la visita a embarazadas, epilépticos, arañas y visigodos. Por último, ya saben a lo que atenerse cuando leen Pyjamarama!, así que luego no me vengan indignados porque pasaré de su culeiro y posiblemente borraré el comentario.

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John Voight
Me recuerda a la careta que se ponía Arús para imitar a Di Stefano. No me extraña que se muriese de hambre en Cowboy de Medianoche, los clientes potenciales debían pensar que era un maniquí que anunciaba una rebaja en trapos texanos y pasaban de largo. En Misión Imposible aún parecía más recauchutado, lo cuál me hizo pensar que iba disfrazado y por tanto deduje que era el malo de la película a los cinco o diez minutos de metraje.

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Ray Liotta
Su boca parece obra de un estudiante jíbaro que suspendió el examen práctico de reducción. La casi inexistencia de labios confiere al conjunto un aspecto siniestro. Casi esperaría que en cualquier momento se cosiera unos botones encima de los ojos y se sentase en un palo en medio de un huerto.

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Joan Cusack
No sé si pesa menos que un ganso o convirtió en grillo a John Cleese, pero lo cierto es que tiene una pinta de bruja que tira de espaldas, rematado por esa escalofriante sonrisa de sádica chiflada que pone haga de buena o de mala. Si Roald Dahl se cruzase con ella, no podría resistirse a tirarle del pelo para ver si es suyo.

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Laura Gallego García
La autora de Memorias de Idhún parece directamente salida de una de sus novelas, o fugada de la estantería de una tienda esotérica. Me la imagino sentada sobre un hongo tocando la cítara y esperando a que pase un grupo de aventureros para retarles a un duelo de acertijos.

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Eva Hache
Su aparente carencia de párpados y esa perenne sonrisa histriónica me hacen pensar que alguien desobedeció la regla de no darle de comer después de medianoche.

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Luis Larrodera
El primer presentador diseñado por Cyberdine Systems.

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Germán Rodríguez
Antes de aparecer en Gran Hermano, Mujeres y Hombres y Viceversa y Ven a Cenar Conmigo, se le achaca un turbio pasado como uno de los grotescos enemigos de Dick Tracy.

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María Teresa Fernández de la Vega
Es como la abuela de Pumuky maquillada con ceras Manley.

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Cillian Murphy
No le hacían falta productos químicos ni máscaras raras para sembrar el terror en Gotham, porque esa mueca que parece inmortalizada en plástico barato da escalofríos por sí sola.

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Jane Wyman

Facciones de cadáver exhumado, empeorado por su habitual rictus de asco en Falcon Crest y ese peinado de Ronald McDonald.

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Rosanna Arquette
Siempre me ha parecido esculpida en plastilina, y por desgracia la edad ha acentuado más sus rasgos exagerados hasta hacer que toda la zona desde la nariz hasta la barbilla (ambas incluidas) parezca un módulo extraíble independiente. Ella y su hermana Patricia siempre me han recordado a Chip y Chop.

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Pulpillo
La primera vez que vi a este concursante de Gran Hermano pensé que era el bajo de Los Morancos con una reacción alérgica. Al pobre hombre parece que le hayan hecho la cara deprisa y corriendo y se le haya escurrido hacia la barbilla, dejando un enorme espacio vacío en la parte superior.

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La He Liao Parda
Uno de los últimos fenómenos de internet, cuyo rictus lánguido y otoñal, como de muñeco de cera fundiéndose, parece un efecto secundario de ese producto que echó en la piscina por error.
La última cara es la que veo cada mañana en el espejo, y esa se la voy a ahorrar para que puedan volver a dormir tranquilos. Por lo demás, mi turno ha terminado y de un momento a otro, Virginia contará cómo un día oyó en el pasillo una voz cantando que parecía la de su abuela, muerta un mes antes.