La mayoría de ustedes, como asiduos a Viruete.com, serán de esos que «reivindican» este o aquel programa televisivo del pasado, porque «les marcó» o es «mítico». Los que más he oído o leído nombrar son La Bola de Cristal, El Gran Héroe Americano, Fraggle Rock, El Equipo A (qué nostalgia), La Abeja Maya, Campeones y El Coche Fantástico.

Excepto los dos primeros, de los que aún hay comentarios positivos (con la boca pequeña, después de las desastrosas consecuencias de reeditar lo de Alaska en DVD y reponer lo de William Katt en Cuatro) y quizás la serie de Gobo y sus colegas (¿Es Eva Hache un fraggle mutado? Deberían construirle un edificio los curris, a ver si se lo come), los demás son… no sé, como que da mucha risa mencionarlos. La sintonía de Maya supone un imán para «cachondos», imagino que por su ritmillo trasnochado, lo cuál la convierte en candidata ideal para que la gente haga el mongolo al son de sus notas y, en lugar de ridículo, parezca gracioso. Gracioso en el sentido de «El Dani está to loco, es la risa». Otro ejemplo de melodía jocosa y pro-mongolera sería Heidi, pero esa ya la he oído menos (aunque Los Petersellers hicieron su propia versión). De las demás series, ¿qué les voy a decir? Ustedes mismos habrán ejercido de emisores/receptores de gracietas al respecto: que si en El Equipo A nunca moría nadie, que si el campo en Campeones debía de medir seis kilómetros…

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Yo, como soy muy original, voy a reconducir la nostalgia televisiva hacia otros derroteros, tratando de esquivar ese infame correo en cadena que se titulaba «Cosas que sabemos por los dibujos» y en el que se hacía mofa y escarnio del Coyote, una figura sagrada para mí. Porque no vayan a creer que cada uno de ustedes es la única persona que quería que se trapiñase al Correcaminos. La intención de Chuck Jones era precisamente que el público simpatizase con el Coyote y sintiera lástima por él (de hecho hizo un corto al respecto).
Dicho esto, hala, vamos con el tema: DOBLAJES SUDAMERICANOS.


Lo primero que se viene a la cabeza es que el término es un tanto inapropiado, en pro de horrores como «doblaje latino» (como si los españoles no lo fuéramos) o «castellano neutro». Habida cuenta de que Shaggy devora emparedados con crema de maní y sorbe una malteada, mientras que en España se tomaría un bocadillo de mantequilla de cacahuete y un batido (o «un bocata’chorizo y una casera», según los responsables de doblaje de Sabrina, la Bruja Adolescente), nos hace pensar en cualquier palabra excepto NEUTRO. Así pues, dado que el doblaje está hecho en alguna parte de América del Sur, doblaje sudamericano y punto.
Aunque recordamos el doblaje sudamericano principalmente en dibujos animados (Hanna-Barbera sobre todo), lo cierto es que también nos llegaron productos en imagen real. Las películas de Disney en las que, si no salía Herbie, intervenían animales o Kurt Russell, solían estar pasadas por tamiz sudamericano. No obstante, es en el campo de las series (muchas en blanco y negro) donde se dejaron oír más cosas del estilo «Sielos, miren lo que le ocurrió a Wilbur». Hasta que Salvador Arias se hizo cargo del doblaje de Embrujada, Samantha y Darrin «senaban» con el señor Tate. Por ahí estaban los Beverly-Ricos, Mr. Ed, La Alegre Pandilla, La Tribu de los Brady y El Sheriff Chiflado, además de una Familia Addams que nunca vi en la tele, pero que tenía en vídeo (y ahora en DVD).

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Nos llama la atención (esto significa que a mí me la llama y a ustedes a lo mejor, pero como soy yo el que escribe, mi criterio manda y a callar todo el mundo) es la afición que tienen de añadir cosecha propia a las cabeceras. Célebres son las entradillas «Hoy les ofresemos…» o «Diviértanse hoy con…» seguidas del título del episodio de Hanna-Barbera en cuestión. Episodio que, una vez que aprendí inglés a costa de jugar al Zelda de Super Nintendo y a las Magic (y de otras cosas más molonas, como leer el MAD, o menos molonas, como el curso de Muzzy), descubrí que titulaban como les daba la gana, sin tener en cuenta el original. Cosas tipo «Double, double, toil and trouble» se convertían en «Hechisos Locos», lo cuál contribuía a que las historias de, por ejemplo, Maguila el Gorila, pareciesen todas idénticas.
Sin embargo, a lo entrañable de las entradillas (no me digan que no molaba que nos hablaran directamente, deseándonos que lo pasáramos bien con las aventuras de Don Gato), hay que añadir una costumbre inexplicable que he podido ver en unas cuantas ocasiones: leer los nombres del reparto. Esto no lo hacen siempre, gracias a Dios, pero no son una ni dos las veces que me he topado con un locutor haciendo gala de su profesionalidad a la hora de pronunciar correctamente los nombres de John Astin o Peter Ustinov.
Porque amigos, los que hablamos castellano (me niego a usar esa palabra que termina en «parlantes», son demasiadas sílabas seguidas y rompe el ritmo de lectura) lo tenemos muy fácil, con saber que la «h» no se pronuncia, tenemos el trabajo hecho. Pero la barrera inglesa entre lo oral y lo escrito es más dura de salvar y, aunque a veces las diferencias son nimias o inexistentes, en ocasiones el salto resulta de lo más engañoso. Para ilustrar este tocho de texto, a partir de ahora les pondré unas imágenes para que aprendan a pronunciar correctamente los nombres de algunos personajes animados de Hanna-Barbera:

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No es extraño, pues, que en España tomásemos ejemplo y aprendiéramos a pronunciar algunos nombres con precisión (Dennis the Menace/Daniel el Travieso, Heatcliff/Isidoro, Scrooge McDuck/Gil Pato, Old Stinky Woman/Mirentxu Álvarez). Y que lo poco neutro del castellano, sea del país que sea, nos hiciese dudar si Huey, Dewey y Louie se pronunciaba Hugo, Paco y Luis o Jorgito, Juanito y Jaimito. Sin embargo, resulta interesante cómo Tom & Jerry no se pronuncia Tomás y Gerardo, y mientras que Daffy Duck se lee Pato Lucas, Bugs Bunny se dice casi igual (Bogs, Bags o Bugs, es lo que habría que precisar).

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En una incomparable pirueta lingüística y filóloga, nos encontramos con casos mucho más complicados que requerirían un estudio a fondo. Pondré tan sólo un ejemplo antes de pasar a lo siguiente: Scooby-Doo, where are you? / Misterio a la Orden. Y yo que creía que el alemán era complicado.
No importa cuántos duelos dialécticos entre educados y sesudos contertulios presencien (exacto, me refiero a la gentuza que se insulta en youtube por el doblaje de Los Simpson): la existencia del doblaje sudamericano no sólo contribuyó a la importación de material de entretenimiento audiovisual sin los gastos de un doblaje propio, lo que podría haber echado atrás a TVE, sino que enriqueció nuestro vocabulario internacional. ¿Por qué está bien visto conocer hasta el último phrasal verb, incluso el más ínfimo resquicio de slang? ¿Por qué sólo han de ser cultos los idiomas que enseña Salvat por fascículos? ¿Por qué sólo habría de molar el japonés? Amigos, incluso el paquete de vulgarismos más brutal constituye un conocimiento, una inmersión cultural cojonuda. Y, lo crean o no, más útil que aprender klingon, élfico o petiso carambanal.

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Gracias al doblaje sudamericano, aprendimos (o recuperamos) perlas como las ya comentadas malteadas, los deliciosos emparedados de Shaggy y Scooby, la macana de los hermanos Piedro y Roco, la reversa que Pierre Nodoyuna olvidaba quitar, jugar boliche al estilo de Piedradura y, lo que más nos mola a todos: una caterva de insultos compuesta por términos olvidados o desconocidos. Cabeza de bodoque, botarate, bobozón, enclenque, mequetrefe, alfeñique, bueno para nada, pelmazote… y largo etcétera de lindezas que, sin duda, resonarán en su cabeza con el vozarrón de Pedro Picapiedra. Claro que se notaba la influencia norteamericana en términos sin traducir o adaptados «al estilo Valdepeñas», pero en eso se basa el lenguaje moderno. ¡No nos vamos a sacar un idioma de la nada cada década! (aquí podría hacer otra referencia a Tolkien, pero prefiero que la sobreentiendan).
Poco más queda que decir, salvo quizás hacer algunas imitaciones de esas con las que el típico brasazas va a un programa cutre de talentos. Yo he visto varias veces a un tío con ese conjunto de pelo-y-barba-de-unos-días que podríamos llamar Estética Amavisca, hacer un repertorio idéntico en al menos tres programas (El Semáforo fue uno de ellos, cómo no, y como se llevó aplausos el tío se debió de crecer). Pero creo que con el podcast, en el que regularmente aparecemos diciendo parvadas de autoría propia, tienen suficiente ración de tontería audible.

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