Si habéis crecido apartados de vicios tan perniciosos como la lectura, es fácil que frecuentárais alguna discoteca ‘light’, un inframundo absurdo para contentar la necesidad de los niños de imitar a sus mayores, donde echarse unos vergonzosísimos bailoteos, hablar con las chicas sin saber exactamente para qué y tomarse algo sin alcohol. Yo poco avancé, que bailo mal y soy abstemio. Por suerte con las chicas avancé lo suficiente, gracias al libro para ligar hipnotizando que canjee con cupones de Lucky Charms.

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Y al igual que los recién entrados en la adolescencia querían imitar a los mayores, los críos querían imitar a estos prepúbers. Antes de la disco light estaba… el Baby Disco.

El Kiosko era el típico programa 80s de TVE dedicado a los niños: un muñecajo pretendidamente simpático y con voz de Pepe Carabias (como siempre), llamado Pepe Soplillo, interactuaba con un presentador humano, aquí una joven Verónica Mengod, que bien podría haber protagonizado una versión hispana de La chica de rosa. Juntos deban paso a contenidos lúdico – educativo, actuaciones de Parchís / Regaliz, conexiones con Juvenalia y una sección con José Ramón Sánchez y sus terroríficos dibujos. Lo mismo de siempre, salvo que los guionistas de El Kiosko se sacaron de la manga una sección dedicado a traer el mundo de las discotecas, la cocaína y el herpes a las meriendas infantiles. Normal que nos apuntaran a inglés y baloncesto para evitar su maligna influencia.

El concepto estaba extraído directamente de Kids Incorporated, un programa yanki que arrasó durante 10 años. La idea era poner a críos cantando, a su manera, los hitsmusicales del momento. Pero no cualquier tipo de éxito: éxito de discoteca. Aunque los medios yankis nos insistan en que el disco murió en los 70, en Europa siguió siendo un medio MUY popular, transmutado en el euro y el italo disco. Los locales seguían haciendo un buen negocio, pinchando ahora a Modern Talking y el Bolero de Fancy. Y los criajos de Baby Disco realizaban la versión «para niños», con letras en español y una puesta en escena digna de la peor película turca.

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La selección musical era, en principio, cojonuda: rompepistas de época Spagna o Righiera recreados por los profesionales de TVE, cuando no utilizaban directamente la cara B de los singles, que solía incluir una versión instrumental. Pero resumir la línea argumental de La historia interminable en un plató, y con el reducido presupuesto del programa, ya era otra cosa: toda una labor de inventiva para los realizadores y decoradores, que solventaban con ingenio, en el mejor de los casos. En demasiadas ocasiones, por desgracia, se percibía la prisa y la desgana. Eso sí, ganaban puntos por contar en más de una ocasión con el robot Curro, al que en TVE sacaron un tremendo partido en los 80 sacándole en todos los programas que podían.

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Capítulo aparte merece el tema de las interpretaciones. Obviamente, estas eran en playback, y con pinta de estar grabadas deprisa y a la primera o segunda toma, e interpretadas por los mismos niños que aparecían en plató. Niños de anuncio de los 80, delgados, rubios y pelirrojos, activos y triunfadores. Los que comían donuts sin que les engordaran en los anuncios y a los que odiabas porque nunca serías capaz de molar tanto como ellos. Por suerte, y en la mayoría de los casos… cantaban fatal. Elegidos en las típicas agencias por su capacidad de mover el pelazo entre bote y bote, muchos eran incapaces de entonar con propiedad, torturando nuestros oídos con insufribles versiones de Los Cazafantasmas o el To France de Sally Oldfield.

Como ocurría con Lobezno o Urkel, su popularidad conllevó que lo que en principio era una parte más de un todo se convirtiera en el principal reclamo, apareciendo en todas las ediciones del programa y hasta contando con una gala de entrega de premios a los mejores clips. El concepto de discoteca se fue alejando del programa, puesto que había que rellenar, y al final ahí cabía de todo: desde rancheras o versiones de My Fair Lady con caja de ritmos a lo Luis Cobos a «hits» de Roque Narvaja, Cadillac o Frank Stallone, sin olvidar algún coñazo de Prince o Paul Simon. Hasta el achorizao de Phil Collins tuvo que aparecer por ahí en alguna ocasión. Y ya sabemos que cuando él llega, llega la decadencia.

La Mengod hasta terminó por interpretar algún tema original como el celebrado Renato Pepino, con el que reclamaba su parcela de protagonismo, eclipsada normalmente por muñecos, actuaciones del circo y cosplayers más guapas que ella. Tras cuatro años, el espacio tocó a su fin y la idea de disco para los críos se quedó ahí hasta que llegó Ponte las pilas con un Dani Martín de 13 años bailando glorioso bakalao y dando el mismo puto asco que da ahora a cualquier persona que se vita por los pies. Para el recuerdo, la ingente cantidad de temas de C.C. Catch y (de nuevo), mis queridos Modern Talking, aunque sea de esta manera TAN DESASTROSA.

Revisar El Kiosko es toda una experiencia para un mitoplasta. Sí: esto es lo que veíais mientras tomábais ese ficiticio y sobadísimo bocata de Nocilla. Habría que ver las reacciones de estos si hubiera un programa para críos en horario de tarde en los que cantaran reggeaton y electrolatino, esas músicas tan machistas y que tanto molestan cuando las letras no difieren mucho de las de unos Whitesnake. Yo os dejo con una de estas «galas», la mejor manera de ver un montón de estos «cutre-clips» en un ratito sin que os explote la cabeza.

Por lo pronto, a mí me ha servido para recordar el nombre de una canción de Gary Low que llevaba AÑOS intentando localizar, completando una pieza más de ese puzzle que me obsesiona, conformado por los recuerdos de cosas sueltas sin identificar. Y eso, amigos mios, es el objetivo último de mi vida. Ya estoy un paso más cerca de no tener nada por lo que vivir. Gracias, Youtube.