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TURU-TURURU-TURU-TURU-TURURURU CATACUM-CUM, CATACUM
Todos tenemos un amigo por inercia, alguien con quien nos llevamos bien porque no nos hemos planteado lo contrario, tal es su relevancia en nuestra vida. Miren a su alrededor, rasquen el fondo del puchero y, si no dan con alguien que encaje en el perfil, lo más probable es que sea usted uno de ellos. A estos sujetos, dadas sus maneras y costumbres, los denominaremos POSADOS ROBADOS.


Lejos de relacionarse con el plantel del cotilleo, responde al perfil de Posado Robado aquel sujeto que modela sus gustos siguiendo un patrón y los airea con terco empeño hincapédico haciendo de sí mismo un personaje tan definido como artificial. Se entrega a una pose continua en búsqueda de la personalidad que teme no tener, como si a fuerza de huir del lienzo en blanco, se convirtiera en un cuadro sobrecargado por tanto detalle vistoso.
Al Posado Robado no le costará acuñar listas de «las diez mejores…», porque de hecho se rige por ellas. Concibe su vida como una sucesión de listas de pros y contras, de virtudes y defectos y, sobre todo, de gustos y odios, todo ello conducido al extremo. Así, no preferirá una cosa sobre otra, sino que ensalzará la primera a capa y espada, denostando la otra… Está bien, será mejor un ejemplo. Ante la propuesta de cenar en Burger King:
El sujeto A manifiesta que las hamburguesas son un poco pesadas para cenar.
El sujeto B está a régimen y una visita a este establecimiento la pone en peligro.
El sujeto C no es muy de comer esas cosas.
El sujeto D se niega siquiera a pisar uno de esos sitios.

Si al final sale el plan, es probable que el sujeto D, que naturalmente es el Posado Robado, lo convierta en una afrenta personal y se vaya a cenar por su cuenta, o bien amargue la cena a todos cruzado de brazos, mirando a un lado y sin hablar a nadie. En este caso, sus cuitas pueden venir por algo tan simple como que él prefiere McDonald’s. Otras debacles en este caso serían clásicos de la mongología universal como siempre Coca-cola nunca Pepsi, El Pueblo contra Nintendo, telecomedias sí o no o Estados Unidos: la eterna controversia. De estos pocos supuestos ya se desprende una primera conclusión: hacer planes para el fin de semana se dificulta en un 300% con su presencia. Mucho ojo con claudicar a sus imposiciones, porque se irán endureciendo conforme se crezca y su espejismo de carisma eche raíces en el grupo.
A este respecto, y antes de pasar a lo siguiente, recuerde la política de algunos gobiernos: «No se negocia con terroristas».

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La música es, sin duda, el elemento al que un Posado Robado se agarra con más fuerza. Está al alcance de cualquiera, no ya en su versión original, sino cantada o tarareada por un ciudadano de a pie. El sujeto, que por supuesto se ha fijado una ruta musical recta, asfaltada y determinada por una valla infranqueable, no soportará siquiera el tarareo del último sencillo de Amaia Montero, instando a su amiga María Eugenia a que desista de atronarle con esa puta mierda. El género al que suele engarrapatarse es el rock de la vieja escuela o el sempiterno rollito heavy, el mayor imán de cabezas cuadradas que existe en el panorama musical. Hasta los gitanos toleran más géneros. Esto no sólo reduce la elección de locales sabaderos a una pequeña lista, sino que en un viaje en coche, la selección musical no sólo no cumplirá su misión de amenizar, sino que generará discusiones, tensión y un mal rollo masticable. A menos, claro está, que el coche sea suyo, en cuyo caso: «En mi coche se oye lo que me da la gana. En mi coche no se oye esa mierda.»
El Posado Robado adorará un país -que evidentemente, nunca será el suyo propio- y, por tanto, cualquier cosa vinculada con él. Si proyecta un viaje, algo que se preocupará en gritar a los cuatro vientos para que todos se enteren, procurará evitar la capital, porque eso es como muy mayoritario. Cuanto más remoto sea el destino, tanto mejor. En un ejemplo inverso, si un Posado Robado noruego adorase España con fervor, nunca iría a Madrid, siquiera a Barcelona o Sevilla. Iría a Palencia, que es donde está el verdadero encanto y se disfruta de la vida y las costumbres sin trampas turísticas.
En general, cualquier cosa que le llame la atención se convertirá en su nueva pasión. Si se puede armar de datos, argot y cacharrería relacionada, mejor. Y ya si contempla la exhibición en público, miel sobre hojuelas. Es por esto que a las tres semanas de su primer contacto con el billar americano, como mínimo ya habrá mirado precios para un taco personalizado. Lo malo es que como sus aficiones suelen requerir al menos a otra persona -aunque sólo sea para aplaudirle-, no se conforma con dar la brasa a sus amigos, sino que refunfuña hasta que los planes originales se cancelan y van todos a compartir su nueva afición. Los bolos, los dardos y los juegos de cartas son otros ejemplos válidos.
Lo peor que le puede pasar a uno es que su amigo, el Posado Robado, se enfrasque en un proyecto que requiere escenario y público. Olviden esas obras de teatro cutres e incomprensibles tan típicas de las telecomedias americanas: el Posado Robado guarda poesía y dramatismo para su intimidad, o al menos esa falsa intimidad que es internet. El html, las fotillos y una música de fondo (odiosa costumbre) ocultan su inseguridad y dan la credibilidad a sus textos que la viva voz le robaría. Y es que el ser humano, al menos el contemporáneo, como se salga del lenguaje coloquial suena ridículo siempre.
Lo que el Posado Robado hace sobre un escenario entronca, como no podía ser de otra forma, con su gran capa básica: la música. Porque a veces, esa lista de datos técnicos con la que se presentó en la tienda de instrumentos desemboca en algo más que un bajo de color azul cobalto muy vistoso: aprende a tocarlo y se une o forma un grupo (en realidad da igual, dale un mes y será el líder). Si no, siempe le quedan los gorgoritos al micrófono. Y no cualquier micrófono, que para eso también hay que documentarse (es el micro que usó Jacob DiPonello -¿por qué hay tan pocos músicos con nombres normales?- en la gira del 97, pero en el 2003 se le implementaron unas cuantas mejoras que pasaré a describir y más os vale atender y fingir que os apasiona). Con suerte, tras unos cuantos meses de coñazo y una sola y catastrófica actuación, descubrirá otra cosa que le hará enterrar su prometedora -según él- carrera musical.
Otra opción menos extendida pero aún peor es que se haga mago. El equipo de El Hombre y la Chancla, sin querer influir en el espectador con opiniones subjetivas, quiere dejar claro desde ya que aborrece la magia de salón, especialmente la que involucra barajas de cartas. Tenemos la teoría de que fue un carterista con alma de Posado Robado quien inventó el ilusionismo para poderse jactar de su talento ante todo el mundo:
Buenos días. Mire, que hace un rato le he quitado la cartera sin que se diera cuenta. ¿A que soy la leche?
Y es que los aplausos son más gratos si no se tiene la cabeza entre las manos del que aplaude. Por tanto, cambiemos la cartera por el seis de tréboles y a disfrutar. Los naipes, que además de ser manejables, tienen ese halo señorial como de molar mucho. Si no, a ver por qué Gambito no carga de energía cosas más aerodinámicas como canicas o gravilla. Incluso dardos, que también como que molan mucho. No deja de ser interesante que en la ficción norteamericana, que alguien se meta a mago sólo refuerza su patetismo. En nuestro caso, como los magos encima tienen su propio club secreto exclusivo (les falta la casa en el árbol y el cartel de restricción tipo «Prohibido Chicas» o «No Homers») y hay mil datos y precedentes que estudiar y repetir como un lorito, el Posado Robado encaja como un puzzle de cien piezas.
Como no puede apabullar a cualquiera por la calle con su deslumbrante personalidad, se procura una apariencia que salpique a su paso para que nadie quede indiferente. Ropa, peinado, barba, tatuajes, quincalla variada… todo vale para asegurarse de que la segunda vez que uno se cruce con él en el Eroski, como mínimo le sonará.
Se acaba el tiempo por hoy y no hemos tenido tiempo más que de rascar la superficie de estas almas en pena que exudan afán de protagonismo. No obstante, ya tienen suficiente material para evaluar a sus conocidos y guardarse de ellos. Aunque al avispado espectador medio no le será difícil vislumbrar sendos plumeros, porque es, en suma, lo que quieren. Aún así, y a modo de examen rápido de urgencia, fíjese en si alguno de sus conocidos siempre bebe lo mismo, y si es algo infrecuente como «Barceló siete años con ginger ale y sólo dos cubitos de hielo». Si usted mismo se sorprende haciendo algo así, ¡cuidado! Se estará convirtiendo en uno de ellos.
Ah no, de política ni hablamos. Sean felices.
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No se despreció ninguna franquicia de comida rápida ni a nadie que se llame Augusto durante la elaboración de este documental.