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Mientras considero sus propuestas (lo de concursos-aventura está bastante bien, a ver si es viable sacar un artículo), voy a hacer unas consideraciones basándome en esa iniciativa que Sega, Sci-Fi Channel y no sé cuántos patrocinadores, montaron la semana pasada en el cine Palafox (Madrid). Antes de seguir, ya aviso que no es un texto de felicidad y buenrollismo, así que si creen que podrían sentirse ofendidos, no sigan leyendo.
La cosa es una especie de Mini-Sitges. Antes de cada película te sueltan a una que, según he oído, salía en Al Salir de Clase y que usa ese recurso tan apreciado por los políticos de subir el tono de voz cuando quiere provocar el aplauso con su discurso. Lástima que el público esté compuesto en un 75% de gente que compensa su mediocridad a base de ridiculizar a los demás, y le hacen el vacío a conciencia (o le sueltan «que se calle de una puta vez», a ver si la sala ríe la gracia). Y es que, amigos, el fin último del público no es pasarlo bien, es intentar robarle el protagonismo a la película, como veremos más adelante. El caso es que la tía es una pobre mindundi a la que el guionista juró que la gente aplaudiría a lo bestia cuando hablase de Balagueró y Plaza (ya saben, los de REC). Reivindicar esa clase de cine español no mola, hombre, hay que hablar de la familia Ozores, Landa, Martínez Soria y todo ese cine que hasta hace poco se ponía a caer de un burro y de repente a todo el mundo le parece divertidísimo.
Además de ella, hay unos señores con un catalejo de visión nocturna para asegurarse de que nadie graba la película con una cámara (ignorantes, estos no son los que lo graban, son los que se lo bajan de internet), y una pandilla de azafatas cuyo maquillaje, peinado y corte general contrasta con esa mierda de uniformes grises con una M que les han plantado. Estas han cumplido dos funciones primordiales: repartir tubos de dulce de leche y bloquear las filas centrales, de las que colgaban unos carteles hechos con Word y folios que decían «RESERVADO». Para las personalidades, ya saben: gente que mira a uno y otro lado, esperando que alguien los reconozca. Como si tener buenos asientos en la sala no fuera suficiente reconocimiento, no te jode, encima igual quieres que te pidan autógrafos.
(Qué triste debe de ser sentirse importante en un evento así, Dios mío…)
Las luces se apagan y comienzan las películas, la mayoría en VOSECLH. Es decir, Versión Original Subtitulada en Español Con Los Huevos. A veces parece que usen textos predictivos del office o que hayan hecho el trabajo con una oreja pendiente del diálogo y la otra taponada por el auricular de un mp3. Muchas veces, con la excusa de que la traducción ha podido hacerse sobre una copia distinta de la exhibida, los subtítulos aparecen adelantados, atrasados, resumidos en una sola palabra o no aparecen. Si tienen suerte, la película será de terror psicológico japonés, y no oirán en la sala más que el sinuoso parpadeo del sibarita cinéfilo mientras paladea y digiere la nueva y aclamada cumbre del género. Ahora, si se han metido a ver una película con muertes violentas y medianamente comprensible y ágil, prepárense para la incomprensible orgía de carcajadas y aplausos durante todo el metraje.
Al principio, las risas se centran en momentos particulares: sustos de esos de subir el volumen, golpes y muertes. Después, el ansia por demostrar a los demás lo bien que se lo está pasando uno y lo poco que le afecta la violencia ficticia desemboca en la ruleta del humor, que gira y gira y se detiene cuando uno menos se lo espera. El protagonista coge un hacha y hay risas. El protagonista acaricia el pelo de su novia destripada y hay risas. Alguien da un trago de whisky y hay risas. En cuanto a los momentos álgidos, los que antes provocaban risa, han evolucionado a aplausos. Sólo para sentir esa empatía con el resto de seres inteligentes que hay en la sala y que se lo están pasando tan de coña como nosotros, porque en la sala no hay nadie a quien aplaudir el trabajo que se plasma en la pantalla.
Otro asunto a comentar es el de las camisetas, esas prendas exentas de críticas basadas en su precio. Es decir, que si uno se gasta 60 euros en una camisa o 40 en un polo, es un gilipollas cuya personalidad no va más allá de la ropa que lleva, un esclavo de la moda y un tío sin personalidad. Pero si uno se gasta 25 en una camiseta negra con la cara de un zombie, es respetable porque eh, eso mola. Si la llevo, todo el mundo sabrá que me gustan los zombies y querrán comprar una igual. Y en el momento que la tenga mucha gente, no me la volveré a poner, que ya estará muy vista y no molará tanto.
En fin, pasada de lejos la época de los putos pins (que encima eran incómodos), el mejor regalo es una camiseta. Una de esas que jamás te vas a poner para salir a la calle, a menos que hagas limpieza en el trastero o ayudes a alguien en una mudanza. De esas que se usan para sudarlas en el gimnasio o la siesta, o para dejárselas a un colega cuando se queda a dormir. Son una mierda de camisetas publicitarias de calidad infrahumana pero eh, son GRATIS. No me vale con una sola camiseta de Los Cronocrímenes (Vigalondo, en cuanto tu éxito se masifique, prepárate para que la gente te odie e insulte sin motivo, como a Santiago Segura. Que ganes dinero haciendo lo que te gusta, a la gente le parece un ultraje), necesito dos, tres o todas las que pueda conseguir. Luego, como son blancas y repudio ese color en la ropa, no me la pondré jamás. Pero algún día podré contar a los nietos de ese amigo mío que sí logró tener descendencia cómo me dediqué a rapiñar.
Ah sí, también dieron camisetas de 3 Días , una cosa que ya huele a engendro desde la explicación del argumento, el cuál parecía avergonzar al propio director. También puede ser porque las palabras «va a caer un cometa en la Tierra y la gente se vuelve loca» no provocaron la catarata de aplausos y gritos de aprobación que esperaba. Repartieron unas cuantas camisetas (negras, eso sí), por las que la gente forcejeó, como si no tuvieran ropa en casa. «Unas cuantas» significa que cabrían en una bolsa del Caprabo y aún sobraría espacio para anudar las asas.
Para colmo, la cacareada parida Jack Brooks, Monster Slayer (hablo sin verla, pero huele a coñazo estilo Bubba-Ho-Tep que desmaya), que proyectaban el sábado a la 1 de la madrugada ha sido sustituida por Lars and the Real Girl, una de un tío muy tímido y encantador que se enamora de una muñeca hinchable y todo el pueblo le sigue el juego. Ciencia ficción de la buena, sí señor. Asimov en estado puro.
Total, que aparte de ir al cine a mejor precio (4 euros por película, aunque había bonos más baratos), la experiencia no merece la pena. Espérense al DVD y véanla tranquilamente en casa, sentándose donde les salga de las narices y montando el follón que quieran, sin que los demás empañen su desesperado intento por reír más alto que nadie.