Cuando eres niño piensas que los mayores sólo sirven para regañar y aguarte la fiesta, y cuando eres adulto, los niños te parecen tan molestos como llevar los calcetines llenos de garbanzos torraos. Por eso, el paso de niño a adulto viene marcado por una etapa en la que sientes que nadie te comprende y que todo el mundo está puesto en la Tierra para joderte la existencia.
Pero vamos a centrarnos en la relación niño-adulto (aunque no tan profundamente como el Duque de Feria), y hablemos sobre esos juguetes que deterioran las relaciones entre ambos colectivos, ya que, si los niños los encuentran divertidísimos, a los adultos les molestan cosa mala.

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La dieta mediterránea es la más sana
EL TRAGABOLAS.

He querido empezar fuerte, y qué mejor que este clásico de MB, los reyes del plástico duro. Todos conocen el punto de partida: cuatro voraces hipopótamos de colores que estiran el cuello para comer más pelotitas blancas que los demás. Introduzcan su similitud con la vida y escriban su propio best-seller de autoayuda, amigos. Este juego, que brinda a los niños la posibilidad de hacer el bruto en una frenética competición de aporrear la palanca de su hipopótamo, constituye todo un suplicio para el pobre diablo que intente ver la tele mientras. No sólo es el jaleo que organiza el juego en sí —los hipopótamos comiendo arman el mismo escándalo que una cena de despedida de soltera—, es el jolgorio que produce en los niños, que gritan y ríen a carcajadas, y ocasionalmente se pelean por negarse a jugar con el hipopótamo rosa.

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El Caos, servido en cómodas porciones individuales
REBOTILLAS.

Nos encontramos ante una de las mayores paradojas en el mundo del juguete: estas pelotitas de goma, asequibles y accesibles (las venden por uno o dos euros en máquinas expendedoras de centros comerciales, estaciones, aeropuertos y esos sitios en los que paras a estirar las piernas cuando vas a Compostela en autocar con el colegio), rebotan como si estuvieran imbuídas en zumo de gummibayas, siendo por tanto inapropiadas en cualquier terreno: en el interior, suponen una orgía de desenfreno para el menaje, y el cristal ejerce sobre ellas una fuerte atracción, dado que siempre van a dar contra la tele, el acuario, una ventana o un adulto con gafas, mientras que utilizarlas en el exterior significa perderlas inevitablemente a los pocos rebotes.

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Dos variedades de Mano Loca
MANOS LOCAS.

Cierto, ya se habló de ellas en otro artículo, pero es que hay que joderse con el invento (y además el otro artículo no era mío). Las Manos Locas, a priori inofensivo juguete, se trataban de (atención) una goma super-elástica, con el consiguiente retroceso super-jodido como te dé en plena cara, con una mano pegajosa en el extremo. ¿Qué usos se le pueden dar a eso? Los evidentes: torturar a los que nos rodean (hermanos pequeños y mascotas: esos pobres sufridores) y probar a pegarlo en distintos sitios. La frase «distintos sitios» contempla todos esos lugares en los que la jodía mano deja mancha. A partir de las dos horas de vida extra-envoltorio, la mano loca se convierte en «mano mugre», lo cuál reduce las dotes de pegabilidad a un único objetivo: las cosas de cristal. Exacto, esas cosas que se manchan tan fácilmente, y que requieren a una madre una mañana entera de Cristasol y trapo, para que luego venga la mierda del zagal a dejar lamparones con la tontería de la gomita, que a esas alturas parece que la haya usado el mayordomo de Tenn para repasar los azulejos de cuarenta personas que usan otros limpiadores.
Sí, yo también las lavaba con agua y jabón (incluso un chorrito de Mistol), pero ya no pegaban igual. Menuda estafa.

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Para cuando terminas de montarlo, tus amigos se tienen que ir
SCALEXTRIC.

Este juguete sólo tiene un uso pacífico: el día 6 de enero, cuando tu padre, legañoso y con el pelo como una escarola, te ayuda a montarlo. Después, no pasa el día que no se arrepienta de no haberlo tachado en la carta a los Reyes. Para empezar, la pista monopoliza el suelo del salón, que suele ser la única habitación de la casa en la que cabe; por tanto, aparte de los problemas de tránsito que pueda crear, a los mayores les toca tragarse íntegra la visita de Edu, el vecino del segundo C. Además, como la caja es enorme, siempre está debajo de todos los demás juguetes, por lo que tú solo no puedes cogerla y tienes que recurrir a tu madre, que se desespera al tener que quitar de encima, uno por uno, TODOS LOS DEMÁS JUEGOS (o tirar de él sujetando los demás, lo cuál suele desembocar en que se caiga alguno; generalmente el Juegos Reunidos Geyper, que es el que más cosas tiene para recoger). A la hora de guardarlo, le tocará quitar todos los juegos en pulcros montoncitos, colocar el mamotreto, y recolocar lo demás.
Además, no nos engañemos: la única diversión del chisme está en montar distintos recorridos, porque a la hora de la carrera, reviste la misma emoción que ver las de verdad en La 2. Exacto, ninguna.

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Si oyes una musiquilla, súbete a la acera.
RUIDOCHISMES.

Se engloba en esta categoría todo aquello que parece simpatiquísimo cuando la dependienta de la juguetería nos lo enseña, pero que pronto se convierte en una pesadilla auditiva. Es decir, las pistolas que imitan balas o rayos, los muñecos que repiten unas cuantas frases, los triciclos con un botón para hacer sonar siempre la misma melodía taladrante, los trastos educativos que dicen las letras (qué gracia hace pulsar siempre la misma letra, ¿eh? así compuso Carlinhos Brown su Maria Caipirinha) y, por lo general, todos esos cacharritos que hacen que uno odie la palabra «alcalinas«.

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Inserte aquí su propio chiste sexual

Mención aparte merecen los instrumentos musicales. ¿Pero a quién se le ocurre regalar una flauta o un tambor a un niño y quejarse luego por el coñazo que da? Pues claro que lo va a usar para hacer ruido, hombre de Dios. Hoy, todos elevamos a los altares el Casiotone, ese organito que provocaba la típica frase «Vete a saber, igual el niño nos sale un Beethoven» (muy útil en el siglo XX, en el que la demanda de sonatas por parte de la nobleza estaba en pleno apogeo). Sin embargo, al igual que El Gran Héroe Americano o los Peta Zetas, se trata de pura engañifa nostálgica, puesto que al final uno lo usaba para aporrear las teclas con distintos sonidos (hasta entonces, el único órgano que sonaba a flauta era el de Bartolo) y hacer como que tocaba mientras ponía el modo demostración, lo cuál no sólo no era tan «cojonudo» como recuerdan, sino que era molesto en grado sumo. Finalmente, eran nuestros padres quienes terminaban soñando con ser como Beethoven: sordos.

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Parte del botín sustraído a José Luis Moreno
BISUTERÍA EN CASA.

Utilizo este nombre genérico para todos esos compendios de chirimbolos de diversas marcas para que las niñas (o los niños que de mayores se hacen peluqueros) se hagan pulseras y collares que acaben regalando a madre, tía y abuela (y que van directos al cajón de los trastos, con el collar de macarrones pintados que le hiciste en el colegio por el día de la madre y que, lógicamente, tampoco se ha puesto nunca). La otra forma de jugar viene precedida por una catarata accidental de piedrecitas, cuentas de colores y Chimos barnizados, y requiere una escoba, un cogedor y pisar con tiento. Pasados los años, aún aparecen algunas bajo un sofá o bajo la planta de un pie que andaba descalzo (así encontraba yo las pistolas de mis playmobil). Lo bueno del asunto es que un día la bolsa de componentes (cuentas de colores, piedrecitas y/o Chimos barnizados) se termina, y como por lo general no se venden sueltas, es cuestión de aguantar un par de rabietas y fin del asunto. Por cierto, el día que a la madre se le ocurre ponerse el collar como gracia, el hilo se rompe, y le toca bailar otra vez el pasodoble de la escoba.

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From my wet… dead… hands
PISTOLAS DE AGUA.

Correcto, se compran para utilizar en la piscina o la playa, pero el verano se termina y, dejando por el camino a sus valientes compañeros la colchoneta pinchada, el balón perdido y el juego magnético incompleto, la pistola de agua es el único puto juguete que ha sobrevivido. Y adivinen qué: el niño quiere seguir usándola. Recuerden que su sentido común difiere del de un adulto y, aunque sospecha que el agua y los aparatos eléctricos o electrónicos no se llevan bien, hará falta que el sheriff aplique la ley del azote para detener a tan temible pistolero en casa. No se descuiden, nunca falta un medicamento infantil con su jeringa que proporcione nuevo arsenal. En cuanto se agote el frasco de Cleboril, la pesadilla habrá vuelto a empezar.

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No se mueva, que le queda la raya torcida
PUNTEROS LÁSER.

A menos que tengas que señalar detalles en una proyección de diapositivas, seas asesino a sueldo o estés buscando a Sarah Connor, este chisme no tiene más razón de ser que dar por saco al personal. No sirve como linterna, no depila a tu hermana, no cauteriza las heridas de tus compañeros caídos ni desvía los blasters de las tropas imperiales. ¿Qué hace este chisme, pues? Dar en los ojos a la gente y tocar los cojones en el cine, cuando se te ocurre la tronchante idea de pasearlo por la pantalla. Amigos, el bello arte de molestar porque sí, sin más beneficio que la satisfacción de ser un soplapollas que ha pagado seis euros para no ver la película y al que un tipo disfrazado de Darth Vader amenazará durante el estreno de La Venganza de los Sith (¡verídico, ocurrió en mi misma fila! ¡fue lo mejor de la película!).

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Aniquila a tus amigos y arrasa tu barrio con Aniquilacionova, de Mediterráneo
DIDACTI-NOVAS.

¿Existe acaso algún juguete más aparatoso y propenso a manchar una casa que uno de esos trastos supuestamente educativos (que levante la mano quien aprendió algo con uno)? ¿Es seguro dar a los niños un juego de química, lleno de sustancias tóxicas de vivos y atractivos colores (¡recuerden que era uno de los juegos favoritos de Zipi y Zape, por Dios!)? ¿Cuán educativa y saludable puede ser una fábrica de dulces y bombones? ¿Qué se puede esperar de un juego de botánica, en el que el 80% de la caja es tierra para macetas? ¿Para qué coño quiere un microscopio un niño de ocho años, aparte de para llenar la casa de bichos muertos? ¿Qué diferencias encontraremos entre una superficie antes y después de que un niño haga sus moldes de escayola y los pinte con acuarela?

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Gracias a Dios que ningún niño queda como en el ejemplo
MAQUILLAJES.

Antes de dejar que uno de estos entre en contacto con sus hijos, tenga en cuenta es que los técnicos que prueban estos juegos no lo hacen en la ropa de sus propios críos ni en las paredes de su propia casa, de modo que esa promesa de que no mancha es tan fiable como un puente de porexpán. Por otra parte, ya que este regalo suele provenir (igual que las cajas de témperas, los rotuladores y el boli de diez colores) de alguien que no vive con usted, por lo general tíos o padrinos, no olvide llevarlo en la próxima visita que hagan a su casa. A ver qué cara se le pone cuando el niño, recién maquillado de payaso, se le acerque al sofá.
Y ustedes, ¿han jugado alguna vez con esos chismes? ¿Sembraron el caos en su casa? ¿Hicieron a sus padres arrepentirse de la compra de algún juguete? ¿Creen que he olvidado reseñar alguno? ¿Piensan que la película TOYS es una preciosa fábula y una maravilla visual, a pesar de que yo opino que es cargante y que Joan Cusack está para darle de patadas en la cara? Para esos y otros temas, ahí tienen los comentarios.
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¿Quieres más? Juguetitos chorras 80’s ¿Echas de menos el Blandi blub? Pues recuerda Aquellos escatológicos años.