Generaciones venideras no sabrán lo que es la Carta de Ajuste, la Cara B o cualquier parvada de las que reivindica el seguidor medio del Reno Renardo. Y créanlo o no, les dará exactamente igual, por eso en Viruete.com siempre intercalamos temas, porque si nos anclásemos en «Qué nostalgia, el Equipo A», estaríamos firmando nuestra propia declaración de caducidad.
Pero si hay algo que asombrará a los jovenzuelos del futuro no será que cuarenta años antes se utilizara una técnica primitiva denominada «rebobinado» ni que Cinecutre.com tuviera alguna vez redactores buenos. Lo que les parecerá increíble es que hubiese un tiempo en que la pornografía era de pago. Y las batallitas tipo «Yo en la mili me lo pasé de puta madre» darán paso a las desopilantes historias de cómo el abuelo se las ingeniaba para conseguir porno siendo menor de edad, en la era en que «hacer click» era jugar con los playmobil.


El Porno y la Infancia: interacción y propuesta
Cuando era pequeño, el mismo amigo que me descubrió a Los Tres Investigadores tuvo a bien confiarme un secreto: en la cama, los mayores metían la cola en el chocho. Así de crudo y explícito, impensable para un cerebro que todavía creía que los Reyes Magos existían y que Los Aurones era una serie buena. El caso es que tiene su gracia que la mente de un niño, cuyo instinto le lleva a meter cosas en agujeros (enchufes, principalmente), nunca se huela por sí solo que la diferencia púbica entre niños y niñas no es por un cruel capricho de la naturaleza.

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La primera fase, rechazo y negación, daba paso a la natural curiosidad. Lo primero que uno se planteaba era que a la mujer le debía de doler. De hecho, ese razonamiento traumático es el que de mayores nos lleva a la obsesión por meterla en otros orificios. Después, claro, uno se pone a decírselo a todo el mundo y la noticia se extiende como la peste, poniendo en apuros a gran número de padres al ser sometidos al interrogatorio filial. Porque lo más normal es preguntar a tus padres si ellos lo han hecho alguna vez, y más aún, si todavía lo hacen.
Más tarde, llega el inigualable momento del primer contacto. Que, por supuesto, siempre es visual. La hasta entonces inofensiva rajita se revela como una especie de monstruo bulboso que se traga algo que, evidentemente, no puede ser una cola. Se la hemos visto a nuestro padre y no tiene ese tamaño. Es tan exagerada la cosa, que a la mujer se le ha puesto lo suyo de un color rojizo, claramente irritado. Las tres posibles fuentes de aproximación al porno son:
La Revista Abandonada. Presente cada vez que Dios saca un 7 en 1D10 al tirar en su tabla de encuentros Descampado, Solar o Callejón. Quién las deja allí, es un misterio. Mi teoría es que las tiran los mismos chavales que la encontraron en otro sitio, ante el temor paranoico de tirarla en un sitio más cercano o público y que sus padres se enteren. De este modo, la revista entra en un ciclo hasta que un adulto la requisa y acaba en la basura porque está hecha una mierda con tanto vaivén e intemperie.
Préstamo Inconsciente. «Pues mi padre/hermano tiene una revista en la que…» era como decir Candyman cuatro veces. La quinta se correspondía con el momento de lucidez en que se te ocurría echar mano de ella y antes o después te acababan pillando y, o bien echándote la bronca por coger cosas sin permiso, o bien diciéndote, con un hermoso tono facial encarnado, que «esas cosas no son para niños» (ante el miedo de que nos fuéramos de la boca y se les cayera el pelo o la cara de vergüenza).
La Chanza de los Mayores. Los mismos desaprensivos que cazaban murciélagos sólo para hacerles fumar, a la luz del día también necesitaban un pasatiempo. Por lo general era vacilar a los pequeños, pero a veces también contribuían a su ampliación de conocimientos enseñándoles palabrotas o bien una revista porno. Tsss el Dani cómo se pasa, está to loco.

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En mi caso fue la primera opción, y la interfecta salía metiéndose un plátano. Fue una de las experiencias más traumáticas de mi vida, junto con el Drácula de Super Nintendo y la noche que le rompí a mi hermano las gafas por despertarme sólo para preguntarme «¿Cuando meas pestañeas?«. A mí me habían dicho que eso (me refiero al sexo, no a mear y pestañear) se hacía para tener hijos, pero ¿por qué razón se metía un plátano esa chica? ¿Sería una prueba visual de la concepción de Mochilo? La siguiente foto aún me descolocó más, y es que se estaba metiendo lo que yo identifiqué como un collar mientras, haciendo gala de una elasticidad pasmosa, se lamía su propio culo. Años más tarde, supe que era un artilugio llamado Bolas Chinas (y que en China llamarán «bolas», me imagino) y que no había tal plasticidad, sino que la muchacha lenguaraz no era la dueña del culo, sino otra que pasaba por allí.
Cuando el horror cesó, me enteré de que eso se llamaba follar o hacer el amor, depende de si estaban delante tus padres o no. Al fin comprendí por qué mi hermano se molestaba cuando, imitando el eslógan de cierto anuncio, yo decía «Manuel hace el amor con Control». Entonces llegó una nueva revelación, y es que los hijos eran la razón minoritaria para darle uso a los cachivaches y que, de algún modo, daba gustillo. Guiado sólo por fotos, yo ignoraba que el asunto iba acompañado de una fricción mete-saca, así que me imaginaba un Inserte Pitorro A en Ranura B seguido de cosquillas en todo el cuerpo y fin de la función. Con el vivo recuerdo de la agonía sufrida entre supositorios y lavativas con la maldita pera de goma (con cuatro años cagaba una vez a la semana, lo cuál no tardó en convencer a mi madre de que no era muy saludable), me preguntaba si algo así podía hacer disfrutar a alguien, fuese hombre o mujer. Pues ya había sumado dos y dos e imaginado que si había unos tipos llamados mariquitas que se besaban entre ellos, su Ranura B estaría localizada en el ojete. Supuse también que las llamadas marimachos (lesbiana no estaba tan oído como ahora) se metían plátanos y collares entre ellas y se doblaban para besarse su propio culo. Y así sigue siendo en la imaginación de David Cronenberg.

Aguzando el Ingenio

Conforme fui creciendo, el porno fue pasando a ser plato de gusto. Aunque sólo fuera como pasaporte al país de las tetas, las cuales acompañan al pensamiento masculino desde la cuna hasta la tumba o bien hasta que se hace homosexual, que no transexual. Y entonces, el número de ocasiones en que el porno se ponía a tiro no era satisfactorio. Llegó el momento de virar la tortilla e iniciar la búsqueda activa de material. Si Mahoma no va a la montaña, que un tarado estrelle un avión contra ella y a tomar por culo la perra montaña infiel. He aquí los dos ardides más comunes:

¿Tu padre/hermano tiene una revista que…?
Vertiente de la anteriormente citada, consistía en una machacona insistencia hasta que el pariente del propietario aceptaba arriesgarse a cambio de un pequeño soborno, que podía ser incluso jurar amistad, si el niño en cuestión era un poco marginado. La otra posibilidad era que te mandase al cuerno por plasta y ni cataras el porno. A veces, el que se hacía el importante resultaba estar mintiendo cual bellaco, y nadie en su casa tenía el ansiado material ni tampoco se había pasado el Manic Miner.
El Favor Bochornoso. Cosistía en una colecta de dinero entre tus amigos y posterior entrega a alguien mayor, generalmente un primo o alguien del barrio que se descojonaba del hatajo de niños salidos que tenía delante. Pero a veces se enrollaba y lo hacía, imagino que quedándose con el cambio, lo cuál no importaba porque lo que menos atraía la atención en el momento de recibir la mercancía era el precio. El problema general de la colecta radicaba en ¿Quién se la queda después? Aunque todos querían quedársela, el miedo a la pillada paterna solía favorecer al más macarrilla del grupo, que se convertía en el tesorero de «La Porno» y nadie la volvía a ver jamás.

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Como anécdota, contar que un día me hice con una Private en el rastro, adquiriéndola conjuntamente con los cuatro primeros números de Nightbreed para paliar la vergüenza si se negaban a vendérmela por ser menor. En ese caso hubiera dicho «Ah, pues vale, entonces sólo los tebeos» con la cabeza bien alta. El caso es que al final los tebeos me molaron y volví a comprar los otros seis que tenían. Mientras que la Private la tiré al mes y medio, mi estantería luce orgullosa mi colección incompleta de tebeos de Nightbreed. Ya sabéis, si tenéis del número 11 en adelante, mi estantería os lo agradece. Ya os compraré y enviaré una Private a cambio.

Salto al Audiovisual

Hasta entonces, si queríamos ver chope en movimiento, mis amigos y yo nos conformábamos con reunirnos los sábados por la noche en torno a un televisor para disfrutar de Serie Rosa, una parvada erótica que nos parecía el no va más. Mientras, uno era designado el vigía y, pegado a la puerta, tenía que dar el queo si algún adulto de los que jugaban a las cartas en el otro cuarto se acercaba a ver qué hacíamos todos tan callados. Pero el milagro se obró en forma de Canal + y pude ver mi primer porno fuera del papel, por supuesto, grabado en vídeo, pues cualquiera justificaba estar despierto un viernes a las horas en que las ponían.
Lo primero es decir que a según que edades, el desafío no se limita a conseguir el material, sino a poderlo ver. Puede que ahora todos los hogares españoles estén salpicados con más de un televisor, pero antes raro era el que tenía más de uno y, encima, en su propio cuarto. De tener vídeo propio ya ni hablamos. Por lo tanto, había que aguardar al momento en que nos dejaran solos, cosa que no solía suceder, o al menos no por mucho tiempo. La forma correcta en que un primerizo ve pelis porno es de pie, con el volumen al mínimo, el mando en la mano y sudando la gota gorda porque sabe que en cualquier momento puede venir alguien y marrón al canto. Añadan a eso que desde la puerta de entrada a mi casa se veía la tele y que mi abuela, sorda como una tapia, pasaba la mayor parte del día perenne en el sofá sin quitar ojo a la pantalla. El día que mis padres tenían intención de salir un rato, yo me liaba a darle ciruelas a escondidas, para asegurarme un rato de soledad ante la tele mientras ella acampaba en el retrete.
Recordarán algunos que, por razones tecnológicas, algunos vídeos sólo podían grabar el Canal + poniéndolos en AV y, por tanto, había que verlo para poder grabarlo. Por ese motivo el porno en movimiento llegó a mi vida por mediación del amigo de un amigo. Quiso la providencia que tuviéramos la cinta recién prestada cuando mi casa quedó desalojada. La peli en cuestión, que estaba a medias (imagino que donde se quedó el propietario en su último uso), no tenía mucho argumento. Sé lo que están pensando, pero en este caso la cosa se limitaba a un tío que supuestamente iba con su cámara y un colega a apartamentos de tías buenas y empezaba el cotillón. Recuerdo con espanto al arrendador de la cinta bajándose la bragueta y haciéndose un gayolo sentado en mi sofá sin pudor alguno, ante el silencio abochornado de los demás asistentes a la proyección. Gracias a Dios que por su aún temprana edad o por mis repetidas peticiones de que cesara en su empeño, no fuera a ser que a mi hermano le diera por pasar por casa y hubiera DEMASIADAS cosas que explicar, no llegó la sangre al río, por decirlo de alguna manera.

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Después conseguimos grabar con la tele apagada y comenzó la fiesta de las grabaciones propias y por encargo. En este caso, el problema estaba en que pasábamos fuera los fines de semana, mientras que mis hermanos solían quedarse en casa y podían cazarme como les diera por ver qué narices hacía metida en el vídeo una cinta con la engañosa etiqueta Cortocircuito 2. Tal es así que un infausto día me pillaron habiendo grabado La Noche Más X, programa doble que ofrecía los títulos Aladino X y Bajos Instintos. Me hicieron borrarlas de inmediato, cosa que hice grabando encima partidas del Street Fighter II (y parando de vez en cuando para ver pequeños fragmentos). Esa cinta se hizo célebre en el colegio pues, un año más tarde, mi amigo Raúl me pidió Hot Shots! 2, que había ido a caer en esa cinta. Recuerdo su cara una tarde aciaga, diciéndome «oye tío, que cuando se acaba la película aparece un combate de Ken contra Blanka, gana Ken y salen unas tías chupando la polla a uno». Ese uno, por cierto, era Aladino.
Desde aquí quiero desmentir el argumento que enarbolan las mujeres de que el porno está hecho para tíos. Si fuera así, elegirían a tíos nada atléticos y con el cimbel de tamaño más razonable para evitar el agravio comparativo y la consiguiente depresión. Tampoco harían planos de la cara de los actores ¿Saben lo mal que se pasa cuando está uno a punto de chutar a gol y sale en medio de la pantalla el jeto de un tío poniendo cara de goce? Pues es como comerse un kinder y que te salga un juguete que ya tienes: todo el disfrute intermedio se desmerece por un sentimiento de decepción final.
Grab Your Dick and Double Click
El primer sexo en la red se suministró en forma de chat y proporcionaba una interactuación mayor que el porno clásico. A mí el tema del «…ahora yo te la como lentamente» no me ha molado nunca, lo cuál me ahorró una pasta en teléfonos eróticos. Yo es verlo o hacerlo, si tengo que usar mi imaginación, prefiero partir de cero y no estar a expensas de lo que me dice Audrey^_^ del canal #encuentros_burgos. Que ya no entro en si en realidad es un tío o una tía, porque guarradas las sabemos decir todos igual de válidas y el que no tenga nada mejor que hacer que buscar a alguien que se la chupe por escrito, no va a ser menos patético porque se lo diga una tía de verdad.

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En principio el porno virtual era exclusivamente de pago. Se usaba la palabra gratis como cebo engañoso, y meterse en una web que incluyera las palabras Free y Porn era internarse en un circuito de esquivar banners y terminar la jornada con el ordenador frito a troyanos. Después. montones de webs ofrecieron muestras gratis, como el tipo que daba caramelos con droga a la puerta del colegio y al que ya nos referimos en otro artículo. La idea era que el internauta se iba a animar tanto con esos aperitivos sin coste que iba a desembolsar para ver el resto del contenido. Con lo que no contaban es que hay algunos que se contentan con la mínima expresión para inspirarse. Indirectamente, internet fue el primer trampolín al porno ilimitado, gracias a la opción de piratear la tarjeta del Canal Satélite Digital para ver todos los programas by the side-hair. A esas alturas ya me salía el porno por las orejas y contaba con una selección de grandes momentos, obra de mi amigo Tito, que tenía la deferencia de ver la información de todos los fragmentos de pelis porno que grababa, de modo que sabes exactamente lo que estás viendo por si quieres buscar la peli completa.
El p2p nos ofreció la posibilidad de intercambiar nuestro material, en pequeñas píldoras los que aún estuvieran anclados en los 56K, en formato peli completa los hijos del ADSL. Los viernes eran una fiesta a costa de ver en corrillo los vídeos que el Tito se había bajado durante la semana, y memorable fue aquel concurso de a ver quién aguantaba más viendo un vídeo eterno sólo de eyaculaciones. Obtuve un digno bronce, al retirarme de la competición con malestar anímico tras ver a una tía recibiendo descargas simultáneas en su cabeza rapada. Quiero aclarar que el concurso era simplemente de aguantar mirando, no estábamos jugando a la galleta ni nada remotamente parecido.
Amateur y Gratis, dos palabras que hacen tambalearse la industria.
El glorioso descubrimiento del porno amateur vino de la mano de una pareja liberal y bisexual, Nusa y Mel. Qué buenos momentos nos han brindado invirtiendo papeles, arnés mediante, y ofreciendo a sus invitados una coca-cola en medio de una mamada. Cada semana, dedicábamos unos justos minutos a comentar las peripecias que subían a su web. Luego la hicieron de pago y se cerró el grifo.
Hay una cosa que me fascina del sexo amateur. La misma gente que se mofa de Superman por pretender ocultar su rostro con unas gafas y un peinado atildado, se calza un antifaz y se piensa que así no lo va a reconocer nadie Los más cautos, incluso evitan hablar por si se les reconoce la voz. Pero, he aquí el gran error, muchos de ellos se graban en su propia casa, que cualquier familiar o conocido habrá visitado más de una vez y reconocerá fácilmente.
Este tipo de porno, que vive su máximo esplendor gracias a las páginas gratuitas (arale antes de pornotube, esta antes de youporn, a su vez anterior a yuvutu y esta última reinando sobre todas), vuelve a lo que fue el inicio del porno en la tierna mente infantil: ver cómo la gente de tu alrededor, gente como tus propios padres, tus tíos o tus vecinos, hace cosas que jamás imaginaste. Usando la cola y el chocho.