Vimos en otro artículo que las relaciones entre niños y adultos se pueden deteriorar debido a una serie de juguetes irritantes, pero ¿qué hay del contraataque adulto? Durante generaciones, el adulto se ha servido de una mitología transmitida de padres a hijos como la alopecia para hacer bailar al niño como un títere. Algunas de las criaturas eran bondadosas, y estaban destinadas a premiar al tierno infante si dejaba de tocar los cojones con el balón en casa. Otras, por el contrario, castigarían al niño si se portaba mal (más allá de dejarle carbón). Finalmente, unas cuantas eran utilizadas simplemente para chinchar al mocoso de mala manera y que supiese quién tenía la sartén por el mango.

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No vayas solo a los billares, que es peligroso

El siguiente compendio de criaturas pretende recoger las más comunes y puede utilizarse con los manuales básicos de Dungeons & Dragons 3ª Edición. Tira 1D10 sobre la siguiente tabla:


Los Reyes Magos
Provenientes del Lejano Oriente, de donde proviene todo lo que mola, porque del Próximo Oriente y Oriente Medio sólo nos llegan desgracias. Gaspar, Melchor y Jovellanos (más tarde sustituido por su cuñado Baltasar), eran astrónomos que, pese a su procedencia oriental, eran dos blancos y un negro (se nota que lo japonés no empezó a molar hasta los 90). Una vez al año, se colaban en tu casa por la ventana en plena noche, acababan con las reservas de alcohol y turrón de tus padres y dejaban juguetes que la mitad de las veces no habías pedido y la otra mitad venían rotos o sin pilas, independientemente de cómo te hubieras portado (en ocasiones uno echaba de menos que le hubieran dejado un saco de carbón, que por lo menos arde). Después, y para liquidar existencias, le dejaban un pijama a tu padre, un perfume a tu madre y, si estaban de buenas, te llenaban los zapatos de caramelos que les habían sobrado de la cabalgata.

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El cuarto era de Angmar y quería la mirra. Por suerte, Jesús ya había partido hacia Bree.

A estas alturas no he creído conveniente etiquetar esta revelación como spoiler, pero por si aún hay alguien que no lo sabía, los Reyes Magos son mis padres. Excepto Baltasar, que es un concejal pintado con betún.
El Ratoncito Pérez
Este mito se utiliza para paliar el trauma de que se te caigan los dientes siendo sólo un niño, cambiándotelos por algún regalito o una propinilla. En otros lugares del mundo, El Hada del Diente es la encargada de la tarea, pero en España delegamos en un roedor que, dado su nombre, parece el típico oficinista que se traga todos los marrones que su jefe le endilga. «¿Más dientes, señor? Pero mañana es sábado, y pensaba ir con mi mujer y mis hijos a Cercedilla…» «Sé muy bien lo que representa la familia, Pérez, pero estamos en un momento muy difícil, desde la central en Copenhague nos meten mucha presión». El pobre Pérez se queda toda la noche trabajando, y al llegar por la mañana, destrozado y con ganas de cama (pero otra variedad), su mujer y él tienen la clásica charla sobre que está totalmente volcado en su trabajo y ni siquiera puede ir a ver a Pedrito a los partidos. Y todo porque a la mierda del niño de turno se le ha caído un paleto y se cree merecedor de un premio por ello.

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Servicios especiales, consultar tarifas

Los Gamusinos
En las antiguas civilizaciones, un niño se convertía en hombre al cobrarse su primera pieza de caza. Con el paso del tiempo, la tradición se fue diluyendo hasta convertirse en una metáfora que nos enseñaría a no creernos todas las sandeces que los mayores nos decían. La caza del gamusino es una tradición que juega con la psique del joven por el puro gozo de reírse a su costa, del mismo modo que la estúpida (y hoy en desuso, claro) cuchufleta «En el tallaje de la mili, te sopesan las pelotas con una cuchara». Prueba de ello es la parquedad de descripciones e incluso razones por las que estas criaturas son susceptibles de ser cazadas. ¿A alguien le explicaron alguna vez por qué era tan interesante capturar uno o varios gamusinos? ¡No se podían comer, no eran buenas mascotas! ¡No ponían huevos de oro! ¿Acaso existían de varios colores, como los Chocobos de Final Fantasy? ¿Tendrá uno que cazar una cantidad establecida para desbloquear contenidos exclusivos en el GTA: Gandullas? ¿Sueñan los androides con gamusinos eléctricos?

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¡Eh, mamá! ¡He cazado un gamusino!

El Cine de las Sábanas Blancas
A lo largo de nuestros televisivos tiempos, han existido una serie de personajes cuya aparición en pantalla indicaba que los pequeños de la casa tenían que irse a dormir. A la misma hora en que Telín y Telén (forofos de la tele) se iban con Mami Cama, abría sus puertas uno de los lugares más odiados por los niños. Al Cine de las Sábanas Blancas era remitido todo aquel infante que preguntaba si podía ver la película que ponían en sesión de noche, y como pueden imaginar, sólo proyectaba una película: Mañana no hay Quien te Levante, clásico de Antonio Mercero que relata las aventuras de un niño que o atiende a razones o se va calentito a la cama.
A estas alturas en que un profesor no puede regañar a un alumno, a riesgo de que le planten una demanda (o una hostia, depende del barrio), ya pueden salir los Lunnis o Duke Nukem, que los padres no mandan a los niños a dormir. No van a ser sus hijos el hazmerreír del patio por no haber visto El Síndrome de Ulises. Y en lugar del Cine de las Sábanas Blancas, los llevan al Cine Cité a la sesión de las 22:00, para que toquen bien los cojones.

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En Gran Hermano, la cartelera es muy distinta…

El Correyverás
El regalo que muchos niños temimos recibir en lugar del ansiado Simón de MB (por ejemplo), el mítico Correyverás con las patas colorás y otros amigos, como el Chichimbú con Dos Buches, la Mierda Pinchá en un Palo, el Siseñor, el Mandemeusted y los Nitos. Seguro que ustedes pueden aportar sus propias criaturas fantásticas, ya que todas se escinden de una misma nodriza, cuyo nombre común es «Vacile». Su período de reproducción suele ser el mes de juliembre, y el ciclo de migración coincide con cualquier respuesta de un adulto a una pregunta impertinente, tipo «¿Qué me vas a regalar?», «¿Cuándo me llevas a Disneyland?» «¿Qué hay de comer?» o «¿Sabe cuánto cuesta un café, señor presidente?».

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Aunque a veces, uno preferiría el Correyverás

El Hombre del Saco
Este ínclito malhechor representa todo lo que los niños temen, salvo ser adoptivos. Secuestrador de niños que se portan mal, los echa al saco que le da el nombre y no hace falta decir lo que hace con ellos, pues su simple mención promueve la obediencia. Es en la mente infantil donde se forman ideas acerca de las atrocidades que comete con sus presas, como encerrarlos, matarlos, torturarlos, comérselos o ponerles La Naranja Mecánica y hacer que escriban una redacción sobre ella, un coñazo muy socorrido, como todo buen profesor de ética sabrá. De modo que el niño cree que lo mejor es no averiguar qué le pasaría de caer en el ínclito saco, y recoger el Castillo de la Serpiente, como su madre le lleva pidiendo una hora.

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Retrato Robot de la Policía de Nebraska. Quizá te sienta en sus rodillas para sopesarte y calcular con cuántos como tú puede cargar.

Según el folclore doméstico español, está directamente relacionado con los niños pobres, dado que ambos son utilizados como elemento de coacción a la hora de la comida, cuando el infante mira con desprecio el plato de judías pintas. Lo malo es que relacionarlos directamente puede dar lugar al efecto contrario al esperado: «Con la de niños pobres que hay pasando hambre en el mundo… cómetelo o llamo al hombre del saco». Esto parece indicar que el hombre va recogiendo judías pintas en su saco para llevárselas a los niños hambrientos, lo cuál sería cojonudo. «Pues dile que pase a la hora de la cena y se lleve también las acelgas que te vi comprar ayer».
El Coco
Este monstruo legendario, similar al anterior, se come a los niños que duermen poco y equivoca continuamente los platos en el restaurante, para desazón del cliente y de Carlos, el cocinero. Su peligrosidad se multiplica si es lanzado por un mono con buena puntería.

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El más temido en las cestas navideñas

El Perro que Hay Ahí y te Muerde
Equivalente al Pito del Sereno en lo tocante a mitología infantil, este animal se agazapa en trastiendas y reboticas a la espera de presas que, movidas por la curiosidad e inquietud de un niño, por lo general uno maleducado, campa por un comercio mirando y tocando todo —especialmente, los cojones a los sufridos dependientes—. Se suele alertar de su presencia con una frase característica, algo como: «¡Mario, sal de ahí! ¡No toques eso! ¡Que hay un perro ahí que muerde a los niños que se portan mal». Como si un perro supiera discernir el comportamiento humano (se nota que no les ponen La Naranja Mecánica en ética). Sea por lo increíble de la historia o quizá porque el niño es un bandarra, se las trae al pairo que el perro le muerda o le cante los grandes éxitos de Moni Capell.

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Prepárense para ser asimilados

El Hombre que da Caramelos con Droga
Tan mítico personaje, inspirado en el Doctor Kananga de Vive y Deja Morir se utiliza para aleccionar a los niños acerca de los desconocidos y por qué uno no se puede fiar de ellos, pero sin llegar a casos auténticos y mucho más crudos que lo puedan traumatizar. Ya saben, esos casos en los que que cuando el culpable va a la cárcel, esa especie de código interno lo convierte en foco de sodomías y palizas. En cambio, si la especie de Willy Wonka versión Eloy de la Iglesia existiera y fuese a la cárcel, sería recibido con jolgorios y zarabandas por sus compañeros. Eh tíos, que el nuevo reparte droga, y todos haciendo cola como en la cabalgata (o esperando a que se los metan en los zapatos, como se ha dicho más arriba).

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Lo hacen para engancharte

Los efectos secundarios de las pajas
Y ya para concluir, la gran bestia negra que marca el paso de niñez a adolescencia. En el caso de los chicos, claro, que la bestia de las chicas es de otro color y consistencia (espero que comprendan, no se me ocurren más metáforas sobre la menstruación). No se conoce el origen de esta oscura profecía, así como enigmáticas son las razones por las que se difunde, aunque quizá tengan algo que ver con la moral (en mi clase de ética no lo comentamos, como en La Naranja Mecánica nadie se la casca…). No obstante, lo que sí podemos reseñar son los distintos y más comunes efectos, ya que por cortesía del espacio de estudio ortopirometacientífico y neoprusiano El Hombre y la Chancla, contamos con la siguiente lista que marca las distintas secuelas según el nivel de zumbalacarrismo:
Ocasional: Acné leve.
Activo: Acné pronunciado.
Viciosillo: Acné pronunciado y miopía.
Hiperactivo: Acné pronunciado, miopía y astigmatismo.
Católico Hiperactivo: Acné pronunciado, miopía, astigmatismo y afecciones óseas.
Obseso intratable: Lector de Putalocura.
Probablemente, el acné sea más bien compañero del afán por atusarse la mazorca que consecuencia: las hormonas, que todo lo joden. O lo más seguro es que un pobre diablo cegato, encorvado y granujiento se vea forzado a zumbársela, y no al revés. Por tanto tendríamos que los supuestos efectos secundarios son a la vez causa y no consecuencia de tocar el ande, ande, ande sin que sea navidad. Pero, ¿y las pajas mentales? ¿Le saldrán granos a alguien por debatir sobre el contenido del maletín de Pulp Fiction o por decir que Randy Meeks plagia a otras webs?

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Tanto pornotube no podía ser bueno

Lo que se desprende de los ejemplos citados en este artículo es la posibilidad de que exista un error en cierto odioso dicho que los adultos usamos con fines tiránicos. Quizá sería más acertado decir que: «Cuando seas padre, tocarás los huevos.» Pero, ¿y ustedes? ¿Hicieron frente a alguno de los seres de esta mitología? ¿Tenían los suyos propios? ¿Se les quedó la cara «así» por hacer muecas? ¿Qué le falta, qué le sobra, qué le pasa a este videotruco?