Olviden todo lo que han leído en esos correos en cadena de «nosotros, que crecimos con sólo dos canales y bla bla bla»: si no existe un pueblo en España que usted pueda identificar como suyo, su niñez fue un simulacro. Es totalmente imposible alcanzar la madurez sin haber salido a cazar gamusinos. No hace falta que su familia provenga de allí, ni de los alrededores, ni tan siquiera de la misma provincia o comunidad autónoma. Basta que algún pariente haya tenido una casa en alquiler o posesión allí, y ya se habrá convertido en su pueblo.
El pueblo es ese sitio donde uno pasa el resto de vacaciones, es el último caramelo del tarro en un mundo en el que se tiene más tiempo libre que dinero para viajes. ¿Dónde te vas de veraneo (palabra en desuso)? — Pues quince días a la playa y el resto, al pueblo.. En ocasiones muy especiales, el resto ocupa la totalidad de las vacaciones. Esas ocasiones especiales se denominan Estar Jodido de Pasta Este Año, y suelen ser consecuencia lógica de Despido Inesperado, Los Electrodomésticos se Rompen de Dos en Dos y Los Precios Siguen Subiendo pero El Que Vende No Tiene más Dinero, dónde Cojones se va esa Cantidad de Más.

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Veraneaba en Gandullas y ahora es guay. Muéranse de envidia.


De modo que el pueblo cumple la función premio de consolación a pedir de boca, pues allí te dejan más libertad porque no es tan peligroso como la ciudad. Lo cuál significaría que es un filón para un secuestrador, asesino, violador o hijoputa en general, que se encuentra de pronto con un sitio tranquilo, aislado y lleno de jóvenes sueltos y confiados, sin adultos que los vigilen de cerca. Joder, si lo sé no hubiese tirado esos diez días en La Manga, pensaría uno de estos singulares personajes al ver el percal.
Aparte de la libertad, el pueblo de uno tiene muchas otras ventajas que lo hacen idóneo para una niñez completa. No me refiero a las fiestas del pueblo, el deseo de ser mayor para apuntarse a una peña, los baños, paseos en bici, el solete o respirar un aire menos enmerdado (a menos que les vaques marchen cerca, oíste). Del pueblo proviene la más famosa denominación de origen, a saber:
Pan de pueblo
Queso de pueblo
Chorizo de pueblo
Cordero de pueblo
Cochinillo de pueblo
El Tonto del pueblo (que es más y mejor tonto que los demás)
Cronojugadores: atentos a la pista. Piscina-Pizza-Cama-bus-mapa.
Y en general, todo, excepto el vino y la tortilla (cuya denominación superior fluctúa entre «la de mi madre» y «la de mi abuela»). Si es de pueblo sabe mejor, aunque esté localizado en Segovia y comamos anchoas. Porque no hay como una mano de pueblo para abrir un frasco de conserva, amigos.

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Como se come en el Zoco de Villalba no se come en ningún lado, chaval.
Este no es un espacio rural, aunque Wally Week lleve boina en el dibujo. Por tanto vamos a valorar los tres puntos que, posiblemente, haya pasado por alto a la hora de ensalzar ese pueblo que usted llama suyo pero que en realidad no lo es. Las he colocado por orden de edad en que suelen ocurrir.
Dar celos a los amigos de la ciudad. Es lo que al mundo hace girar, el maravilloso agravio comparativo, gracias al cual los que nos rodean en el momento siempre sienten sobre su pecho una imaginaria medalla de plata, que los identifica como segundones en nuestro campeonato. No hay nada más productivo que decirle a la abuela paterna que la materna hace muy rica alguna comida, o que nos compra tal o cual cosa. Lo mismo sirve para los padres divorciados y sus respectivas parejas, el sexo contrario —sobre todo por internet, algo como: qué rico es St1mpy, anoche nos tiramos cuatro horas hablando sin parar. Es importante hacer notar al mejor amigo del colegio que en el pueblo existe otro candidato, y que ya se lo puede currar si no quiere ser destituido de su cargo. Si el pueblo no está a tomar por culeiro, puede que usted pase los fines de semana allí, con lo cuál el efecto despecho se duplica. Pedrito, no puedo ir a tu cumpleaños porque el sábado estoy en el pueblo. Toma ya, la primera en la frente, la segunda en el pecho y otra miente en el noticiero.

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Esto es, más o menos, lo que se perdió el que «no tuviese pueblo». Yo no paraba de despellejar lobos con mis amigos duendecillos.
Llevarse las cosas que no se quiere compartir con los amigos. ¿Por qué si no siempre iban a estar allí los juguetes que más molan, o esos de los que se habla en el momento? Ah, La Isla de Fuego, yo lo tengo… — ¡Ahí va, tío, cómo mola! ¿Jugamos esta tarde? — Es que lo tengo en el pueblo Y ya está, Pedrito se consume por dentro al imaginarnos en el pueblo jugando a La Isla de Fuego con ese usurpador que ansía su puesto. Ese maldito lugar absorbe a mi mejor amigo y sus juegos y tebeos que más molan… (¿por qué ningún relato de Lovecraft empieza así?)
Tener pareja. Ojo, que podía haber dicho «inventarse una», pero no soy tan macarra. E imagino que ninguno de ustedes es tan patético. Lo bueno de la novia / el novio en el pueblo es, por lo general, que pasas con ella / él los momentos buenos (que son esos períodos de ocio que comentaba antes, es decir los fines de semana, puentes o vacaciones). En según que edades, tener pareja en días laborables es como el que tiene un tío en Alcalá, que ni tiene tío ni tiene na. Algún morreíllo ocasional para dar envidia a los amigos y fin. Por otra parte, y aunque hemos quedado en que aquí nadie se ha inventado «una novia en Canadá» (como en Avenue Q), cabría la posibilidad de aprovechar para corregir algunos defectos y decorar a la pareja con detalles a placer (como que es pelirroja sin pecas o que es el más guapo del pueblo —esto último nunca es garantía, puede que el pueblo seaLas Navas del Zote), o bien inventarse una desde cero. Claro que también se puede usar la descripción de alguien del pueblo como plantilla.
Lo malo de la pareja en el pueblo es que nadie te cree. Lo sé por experiencia, yo tuve novia y nadie se lo creía. De hecho, nadie se ha creído una novia mía nunca, y no sé si mi autoestima debería resentirse, o yo pensar directamente que la gente es gilipollas.

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Para concluir, me queda una duda que me gustaría compartir con ustedes. Denme su opinión: ¿se puede llamar a un pueblo urbanizado o turístico «mi pueblo»? Si yo tengo una casa en Gandía, ¿Podría hablar de Gandía como «mi pueblo»?