Lo de Al ataque nos cogió a todos por sorpresa. Seguramente incluso al propio Arús y al resto de colaboradores, a pesar de que disfrutaban del éxito en la radio y tele catalana (y ya sabemos que ahi, siempre, tienen mas gracia). Pero el impacto que produjo en la juventud del país es de los que aún se hacen sentir. Miles de niños y adolescentes de todo el país se pasaban el día imitando a Umbral, Gil o Antonio Guerra, y comentando las tonterías del programa anterior.

La popularidad del espacio entre los chavales no se escapó a las mentes de Ediciones B, y los más fanáticos pronto descubrimos otro medio por el cual disfrutar de Al ataque: a través de su propia revista. Si bien no sé a ciencia cierta si fue la editorial la que se acercó a la gente del programa, no pudo ser una jugada más acertada.

Pero… ¿Cómo recrear las tonterías del programa en este nuevo formato? La respuesta en sencilla: No se podía. Yo creo que era cosa de las máscaras esas, que le daba ese toque chorra, sórdido y grotesco que tanto me gustaba. Pero no se puede decir que los responsables de la revista no lo intentaron. Si bien en gran parte no dejaba de ser la típica fórmula de las historietas de Ediciones B, explotada en publicaciones como Mortadelo o Pulgarcito, el hecho de estar protagonizada por los personajes del programa y de estar cargada de un cierto humor gamberro y teenager la distanciaban de sus compañeras de sello. Eso y el poner muchas fotos de tíos con careta. Que es lo que más molaba, os lo aseguro. Es que era verlo y ya ven, nos entraba la risa floja.

Buena parte de la revista consisitía en chistes de una viñeta o fotomontajes con los miembros del equipo del programa caracterizados, como ya indiqué, de los personajes que imitaban. El acabado de los chistes fotográficos  recordaba bastante a aquellas páginas que parecían en el Mortadelo de la época de Armando Matías, con lo de El mogollón News y cosas similares. Lo cual para mí es bastante positivo, porque me encanta aquella época mortadeliana.

Pero además de estas chanzas también teníamos una serie de personajes que conseguían su historieta propia, convirtiéndose, semana tras semana, en protagonistas de alucinantes aventuras, eso sí, un poco más cutres que las de Bill y Ted. Por ejemplo, Vanessa, la niña terrible , aparecía semana sí semana también haciendo travesuras de esas que se suponen hacen los niños desde que crearon a Zipi y Zape. Su cúspide fue la historia Humor Amarillento, basado en ya sabéis qué, con la niña haciendo de Napoleón y el resto de los parodiados concursando. El resultado nos recuerda a aquello de Fifi la Terrible de Nene Estibil, pero en más moderno y bakala, que era lo que se llevaba por aquel entonces, y casi que hoy también, aunque lo queramos llamar progressive lo que sea.

El mismísimo Jan, que no necesita presentación, se encargaba también de una historieta, protagonizndo una especie de «What If» castizo y arusiano, donde el difunto Jesús Gil podía convertirse en La cosa del pantano, en un acertado paralelismo del autor de Superlópez. Ésta era una de las secciones fijas, con transformaciones varias como la Mikael en el Monstruo de Frankestein y cosas similares, llegando a protagonizar una tira el mismísimo Niño del Mechero, el ídolo de toda una generación, pensador y filósofo. De lo mejorcirto.

Joaquín Cera, creador de Pafman en se dedicaba aquí a hacer chistechillos variados con los diferentes personajes del programa, con irregulares resultados. Por su parte, el personaje estrella de la revista, El otro Micael tenía su sección ilustrada por Idigoras y Pachi, que os sonarán de El jueves, y que tampoco era lo más brillante del conjunto. No he echado las cuentas, pero fijo que salíamos a lo menos cinco «Benditos seáis» por número. Y nosotros partiéndonos de risa, claro que sí, chachipilongui.

Entre el plantel del magazine había alguna que otra vieja gloria de Bruguera, como Esegé, que hacía aquello de Neronivus en el citado Mortadelo ochentero. Aquí, junto con Jaime Ribera, que guionizaba otras historietas,se encargaba de hacer «Este álbum pertenece a…» Aquí, nos presentaba en una serie de «instantáneas» a vida de personajes ilustres de la historia, por ejemplo, Fabrique, pudiendo comprobar que el tío era tan manitas ya desde joven como Manolo y Benito. Un formato simple y agradecido para cualquier publicación de humor.

 

A Juan, sin embargo, no le tengo muy ubicado, pero su sección con historietas de Pepe Gáfez era de las que más me gustaban, con unos muñecos chaparritos (como Naranjio) que me hacían mucha gracia y me recordaban en cierta forma a los de Calvo, el del Supermaño. A recuperar.

Y por ahí haciendo historietas variadas también teníamos a Ramis en horas bajas haciendo gracias variadas con Boyer y Ruizma, por ejemplo. Y era de los pocos que estaba más comedido, siendo sus historias de Estrellito Castro mucho más demadradas y gamberras que las de aquí. Estaban también Los videos de Julito, Maripuri y el Cejis… Nos dejamos algún autor, pero creo que se pueden hacer una idea del tema; la cosa no estaba mal, pero no era para tirar cohetes. Unos gags y unas historias muy de «currantes del humor», conscientes de no estar cambiando la historia del tebeo pero trabajando como buenos profesionales.

La publicación abundaba en ofrecer obsequios promocionales a sus fieles lectores. Los posters eran las más habituales (por lo barato, claro). Y es qué ya me diréis quien se va a resistir a colgar un poster de Arús disfrazado de Julio Iglesias en su habitación. Pues nadie, así que ahí estuvo, en la pared de muchos, al lado del de Marta Sánchez en bolas y el de Goku, que regalaban en las Matutano, buscando otras bolas.

Las pegatinas eran mucho más atractivas, y los chavales, a falta de un coche donde exponerlas orgulloso, acababan por instalarla en la carpeta, para dar un toque de color en aquellos forros repletos de fotos de coches o fotos de Fernando Redondo. Y recuerden también las caretas recortables de gente como Di Stéfano que daban en los Phoskitos Estas ya fueron algo menos populares, claro, porque ir con una careta de papel finísimo y grotescto acabado, cantando aquello «Dí La La», pues como que ni yo con 12 años.

Cuando terminó la temporada televisiva la revista se paralizó,para volver  después como Revista El Chou, rebautizada como el nuevo programa de Arús y Cia. La publicación seguía con ese toque fanzinero, de improvisacion y falta de ortodoxia, pero el espacio televisivo no tuvo el éxito esperado. Supongo que en parte fue por la nefasta decisión de cambiar la hora de emisión a los viernes, día nefasto en el que todo el mundo sabe que no dan nada bueno en la tele y por eso la gente sale por ahí. ¿O será al revés, que como la gente sale no dan nada bueno, para que no se lo pierdan? Gran miserio. Qué alguien llame a Tristánbaker
para que nos saque de dudas.

 

Un intento de aprovechar un programa de TV que se saldó con un aprobado alto, pues el humor era en muchas situaciones muy similar al del programa y encima recuperaba el universo autoreferencial del espacio televisivo, uno de sus principales atractivos.  Tuvo un buen recorrido para un invento semejante: de hecho la cabecera mutó a El Chou cuando Arús decidió cambiar el formato y el nombre de su espacio antenatresiano, si bien su andadura fue mucho más breve.

Cuando Buenafuente lanzó la revista de su programa casi casi pensábamos que estábamos ante un revival. Pero no, no fueron por ahí los tiros y el resultado fue menos memorable para los fans de las viñetas. Será que los «monólogos de actualidad» no se llevan bien con los tebeos, aunque más de un autor robe chistes de dichos monólogos y más de un monologuista le copie los chistes al Profesor cojonciano.