Cacareada fue la soberana estupidez de que el chaval de la katana guardaba un inquietante parecido con el héroe de su videojuego favorito (uno de los Final Fantasy, no me pregunten cuál), lo cuál, sin duda, reflejaba su obsesión con el mundo del rol y los videojuegos. La similitud se reducía a un corte de pelo tan hortera que sólo podían compartirlo un personaje de ficción japonesa y un asesino juvenil. En cambio, si alguien se metiese en un vagón de metro y se liase a ostias con todo el vagón, nadie repararía en que llevaba pantalones vaqueros y un flequillito a lo Cody, de Final Fight , y sería catálogado tan sólo de maleante, o quizá, de pertenecer a una banda juvenil. De modo que pueden ustedes recorrer tranquilamente la línea 11 de metro de Madrid y llegar hasta el barrio de La Peseta repartiendo ostias como un avestruz en un cumpleaños, y nadie les señalará con el dedo, degradándoles al vergonzoso puesto de “obseso de los videojuegos”.

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Sin embargo, aunque gente como Cody, Jimmy Lee o Mustapha integran una mitología particular que nada tiene que envidiar a la griega, no es a ellos a quienes está dedicado este humilde artículo. Tampoco al buen samaritano que va dejando pollos asados en todos los cubos de basura de la ciudad, ni a la organización gubernamental que oculta la orgía de mamporros recogiendo los cadáveres que van quedando atrás. Como es costumbre en Viruete.com, vamos allá con los eternos olvidados, los auténticos sufridores, aquellos que no disponen de monedas para continuar una vez han sido denigrados y derrotados. Sabemos que los juegos de ostias son llamados “Beat’Em Up” por los expertos. Pero… ¿A quienes se refiere ese ‘EM?

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No hay quien secuestre a la novia de otro sin una buena infraestructura como apoyo. Se necesita una buena guarida con un ascensor que no llegue al último piso hasta que todos los demás pasajeros han sido bien zurrados. Una guarida a la que sólo se llegue en metro, y cruzando un parque y un bar. Y, por supuesto, una buena cantidad de esbirros para que se interpongan entre el héroe y el villano, siguiendo la fabulosa estela del “Chaval, que llamo yo a mis colegas de Villaverde y te dan”. Y aún así, no vale cualquier cosa, hay que seguir unos patrones que toda banda callejera debe cumplir si quiere inscribirse en el registro, a saber:

LOS BÁSICOS CLÁSICOS 

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Suelen ser tipos de complexión mediana y andar siempre encorvados, como si se preparasen para desatar una furia que luego nunca llega, limitándose a darte un triste puñetazo y retirarse como si les avergonzase su propia violencia. Su vestimenta cumple un riguroso control de calidad, eligiendo entre el catálogo los mejores chalecos, camisetas de tirantes, chupas de cuero y, sobre todo, gafas de sol, muy útiles para pelear, especialmente de noche. Van calzados con botas o esas Converse que ahora todo el mundo lleva – menos el niño de la katana -, y gozan de una jerarquía interna de colores, como en el Paranoia: para distinguirlos entre sí, el jefe los viste de un color u otro dependiendo de lo buenos luchadores que sean. O más bien, de las ostias que puedan aguantar hasta reunirse con los adoquines.

LOS BÁSICOS ESPECÍFICOS

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¿Pero quién se imagina a Asterix zurrando a un tío con gafas de sol y un Roc-Neice? Básicamente cualquiera que odiase RKO y esos otros locales a los que había que ir a bailar con botas de montaña (esas Enduro infladas con bolas de calcetines…), y se pasara la mañana del domingo leyendo el Pequeño País en lugar de dormir la resaca. Dejando a un lado las declaraciones de principios (viva Leo Verdura), existe una generación de grandes luchadores que no se pueden medir con el primer mindundi que se cruza por el camino para instaurar su despótico imperio. Así, los gloriosos héroes de juegos épico-medievales (juegos de rol, como dicen los que iban a RKO) sustituyen los punks por orcos tricolor, como la pasta (King of Dragons), mercenarios bárbaros con cachiporras y aspecto de vender pañuelos en los semáforos (Golden Axe) o caballeros de dudosa moral (Knights of the Round). Otros buenos ejemplos son los piratas zopencos (Hook), legionarios romanos (Asterix), monstruos deformes (Splatterhouse III, Hotel Glam) o esa especie de centinelas de metro noventa de alto (en los tebeos parecían más altos) de la versión para recreativa de X-Men. La excepción que confirma la regla la encontramos en el videojuego “Ortega y Pacheco: a repartir”, basado en los conocidos personajes del superdibujante Pedro Vera, en el que hábilmente se han cogido personajes de todos los demás videojuegos y metido con calzador, a ver si nadie lo nota y pasan por diseños originales.

LOS GORDOPILOS

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Sujetos como Blk Elmer (Cadillacs & Dinosaurs) o Bill Bull (Final Fight) eran siempre los últimos en ser elegidos en los partidillos de fútbol del barrio, lo cuál motivó un odio natural hacia los guapitos y atléticos del grupo. Por eso no dudan en unirse a cualquier banda de maleantes que se enfrente a uno de ellos, y utilizan la fuerza de la inercia producida por su propio campo gravitatorio para lanzarse al ataque, cabeza, panza o culo por delante, excepto los del Golden Axe, que llevan unos martillos pilones y te presupuestan el tórax a una velocidad de vértigo. La mayoría de ellos llevan siempre alguna golosina que ayudará al héroe a reponer fuerzas una vez haya doblegado hasta el último gramo de michelín de estos entrañables e imprescindibles esbirros. Por otra parte, no podemos sino incluir en esta categoría a los odiosos centuriones cuasi-inmortales de la versión para recreativa de Asterix, culpables (junto con el hecho de que sólo se pueda continuar dos veces) de que el juego raye unos niveles de dificultad similares a intentar pasarse el Abu Simbel Profanation con cuarenta de fiebre.

LAS SICARIAS ANTERIORMENTE CONOCIDAS COMO «LAS PUTAS»

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Las bandas callejeras no acatan la ley y desprecian la sociedad, por tanto se mofan de medidas como la paridad o la discriminación positiva, acogiendo en sus filas tan sólo a las más selectas mujeres florero, de largo y teñido cabello, medias de red y galgo corredor. Como se avergüenzan de que sean mucho más ágiles y competentes en la lucha que cualquier hombre de la banda, les obligan a cargar con el handicap de llevar tacones o botas altas, que como todo el mundo sabe, son lo mejor para dar saltos y volteretas con un equilibrio perfecto. Muchas de ellas lucen toques sadomasoquistas tales como látigos (Double Dragon, Streets of Rage, Vendetta, Renegade) o esposas (Final Fight), aunque algunas, como las de Maximum Carnage se sirven directamente de su coleta para darte una buena zurra (se deben de lavar el pelo con níquel) y sospechamos que, como decía el chiste del oso, “no vienen aquí a pelear”. En solidaridad con ellas, las eternas maltratadas, la heroica Blaze Fielding (de la saga Streets of Rage) fue aligerando su vestuario hasta convertirse en una muestra más de que el mundo no se rige por esa gansada de la belleza interior.

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Dato enciclopédico: si alguien se dedicaba a leerse los manuales de instrucciones de los videojuegos (yo sí, el cumpleaños de Ken Masters es el 14 de febrero), quizá esté enterado del famoso culebrón de Poison y Roxy, de Final Fight. Al parecer, no estaba bien visto que un ciudadano modelo como Mike Haggar aplastase contra el pavimento a dos frágiles damiselas, de modo que se decidió que Poison fuera en realidad… ¡un transexual! En cuanto a Roxy, en un principio también era transexual, aunque más tarde se decidió que fuese una mujer de verdad que fuese vestida imitando a su ídolo, Poison. Lo más fácil, antes de enredar una trama tan sencilla como la del Final Fight, era hacer como en la versión de SuperNES y cambiar a ambas por dos punks con cresta, que siempre son muy socorridos. Yo siempre tengo un par a mano por si vienen visitas o algo.

LOS ACHANTADOS

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Insidiosos cabrones que, tan tozudos como aquella mula de MB, se empeñan en detener los golpes del héroe en lugar de encajarlos como valientes. Que total, para qué vas a ser un esbirro callejero si no es para dejarte castigar un poco la mandíbula. Al final caen, como todos, pero llega a saturar el tener que tirarse el doble de tiempo con ellos que con cualquier otro de sus camaradas. Y total para qué, si al final con tanto levantar la mano para cubrirse se les olvida dar algún mojicón como respuesta, y no justifican su presencia en la banda. Hay veces en que incluso para una banda callejera se echa en falta un buen departamento de recursos humanos. En este apartado, debemos recordar a moscones como los miembros naranjas del Clan del Pie (Turtles in Time), o la parejita de musculocas rockeras del Final Fight, a quien en un arranque de originalidad, alguien decidió llamar Axl y Slash, en claro homenaje a Mocedades.

LOS MONQUIQUIS

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Se disputan el puesto de maxima tocapelotae con los anteriormente descritos, ya que, aunque no son muy fuertes o resistentes, carga bastante esa costumbre que tienen de dar saltos de un lado a otro y marearte, dándote algún chopito a la que pasan. Lo malo es que nunca vienen solos, y mientras tú te dedicas a correr tras ellos, sus colegas los Básicos aprovechan para obsequiarte con algún trompazo. En este terreno, el cum laude se lo llevan los moteros de Undercover Cops con sus patadas y barridos, el plasta giratorio de los cuchillos del Hook y esos gorreros de la cuarta fase del Target: Renegade que no se atreven a tocar mucho el suelo, por si el árbitro les pita pasos. Muchos de los monquiquis desarrollan un amor natural por los cuchillos, que utilizan como pequeñas banderillas para intercalar entre capotazo y capotazo. Los toreros nos van.

LOS TOCHOS

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Son grandes, son malos, están locos y han vuelto. La primera vez que salen, se comen tu energía, tu moral y la primera de tus vidas. Logras escangallarlos contra el cemento y te secas el sudor de la frente con el tembloroso dorso de tu mano… Pero el ansiado mensaje de “Stage Cleared” no aparece, y la pantalla continúa. Esta ha sido sólo la primera aparición de los gorilas que te van a traer por la calle de la amargura durante todo el periplo, y si entre regreso y regreso cambian de color, échate a temblar: serán más fuertes y duros que antes. En este mundillo podríamos colocar al caballero de Golden Axe, Abobo de Double Dragon, y a Walther P. / Vice T. de Cadillacs & Dinosaurs. Mención especial en este apartado merece el incombustible Andore, claramente influido por André el Gigante, a quien el dichoso traje de leopardo sentaba tan bien que Max el Milagroso se lo obsequió en varios colores, empujándolo así a lucir trapitos en todas las entregas de Final Fight, y hacerse pasar por su hijo, su padre y su abuelo. Luego vino Eddie Murphy y quemó el gag.

LOS «BRUDDAH»

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“Mis vecinos de abajo son negros, seguro que venden drogas” es un razonamiento tan o más racista que “Es una pandilla de macarras callejeros, tiene que haber negros a la fuerza”. Lo cuál se compensa con el hecho de que suelen ser los que más y mejor reparten – con excepción de Rocky Marciano, que siempre sale a relucir cuando se habla de boxeo con un blanco -, aunque en este caso la oveja blanca de la familia (ju-ju-ju, qué chiste tan bien traído) vendría representada por los cobardes granaderos del P.O.W., que se limitan a salir por un lado, tirar una granada y huir perdiendo el trasero. Especiales in memoriam merecen, sin embargo, aquellos hermanos con la bola gorda de pinchos del Hook y esos otros que, barra de hierro en ristre, ponían las pilas a Renegade en la estación de metro. Y con camisa hawaiana iban los tíos, eso sí que es estilo.

LOS PERRETES

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En el cine siempre se asegura que ningún animal fue dañado durante la producción de la película. Y es cierto: mientras se ruedan esas películas, en el resto del mundo nadie abandona perros. En verano, que anda la cosa más parada, es cuando la gente aprovecha, y así acaban, recogidos por el primer maleante que pasa por allí, que los suelta contra el héroe. Aparecen corriendo a todo correr y nos saltan encima… ¿qué hacer ante esta situación? Efectivamente, trompazo al canto. Muerte hasta que esté muerto y bien muerto. Esta técnica es particularmente difícil contra los insidiosos comerratas, especie de foxterriers mecánicos que Baxter Stockman se sacó de la manga, haciéndonos llorar de rabia y frustración en Turtles in Time.

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A veces andan escasos de perros y echan mano tanto de lo primero que encuentran (los topos del tercer nivel de Undercover Cops o los escorpiones del viaje fluvial en Dungeons & Dragons: Shadow Over Mystara), como de animales menos sutiles y más vistosos: es este el caso de Knights of the Round, en el que los tigres de bengala vuelan de un lado a otro de la pantalla, al suave encuentro del filo de Lancelot (que es al que todo el mundo se cogía, Percival quedaba muerto del asco). O el Cadillacs & Dinosaurs, en el que los tipejos se empeñan en curtir el lomo a inocentes carnívoros cretácicos para que se encabronen y se entretengan jugando a “buscar y traer” con el bazo de Jack Tenric y sus compadres.

LOS AMOTEROS (QUE TOMAN DROJAS)

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Salvo los del Rival Gangs, que se dedican a ir en patines dando el coñazo, no se concibe a ningún macarra sin su moto. Por otra parte, como la mayoría de pandilleros no perciben sueldo por esta condición, se van a los trabajos para los que son más aptos, léase fruteros, operarios de carretilla elevadora, antenistas o repartidores de pizza, consiguiendo de este último su montura de batalla. Nada más aterrador que un pizzero con su vespino roja viniendo a toda pastilla contra nosotros (salvo quizá que nos traiga una pizza con alcaparras), y nada más apropiado para deshacernos de él que una de nuestras patentadas coces voladoras. Un cordial saludo para los motoristas del Target: Renegade, los únicos que, concienciados por las campañas de tráfico, toman la precaución de ponerse casco. Macarra sí, pero consciente.

ARMADOS Y PELIGROSOS

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Reza el dicho que en Japón hasta el más tonto hace relojes (los americanos cambian “relojes” por “artes marciales”). A los tontos que ni siquiera saben hacer relojes, los amos y señores del mal les encuentran un hueco de utilidad en su banda: probar las armas que han comprado en el mercado negro. Por eso, la mayoría de los ‘EM que se cruzan en tu camino llevando armas nunca llegan a utilizarlas: porque no funcionan. ¿Qué sentido tendría si no que, armados con enormes rifles de caza, los enemigos de Cadillacs & Dinosaurs se dediquen a darte golpes con la culata? Si hasta el Equipo A disparaba… Tampoco los androides del X-Men lo tenían muy claro con sus respectivos bazooka y superblaster, no fuera que luego les cobrasen la munición que habían gastado.

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Otras armas populares son los sempiternos cuchillos, que brotan sin parar de las manos de estos divertidos ilusionistas de la escabechina, los bates (para acercar el deporte a los niños que se pasan el día con la consola) o los explosivos, un arma tan sutil como efectiva, siempre y cuando te quieras llevar a la mitad de tu banda por delante y, ocasionalmente, volarte tú también un pie. En el caso del desdichado Sword Man (Knights of the Round), que aparecía en escena arrastrando un enorme y poco práctico espadón, se comprueba que lo que importa no es el tamaño, sino que la puedas levantar y atacar con ella antes de que te hagan falafell. La próxima vez que quieras compensar alguna carencia, cómprate un coche, hombre.

ROBOTO SENZU

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Aunque casi todos transcurren en algún lugar de Estados Unidos (con lo bien que estaría un juego ambientado en España, donde pudieses curtirle el lomo al Vaquilla, el Pera, el Ochaíta y el Skin Negro), no debemos olvidar que la mayoría de los videojuegos provienen del lejano oriente. Porque todo lo bueno siempre viene del lejano oriente, como la cocina exótica, los videojuegos y los reyes magos, mientras que de oriente próximo sólo viene lo chungo. ¿Por tanto, qué japonés se resistiría a incluir algo de tecnología puntera en la banda del archivillano de turno? De esto tienen bastante idea Mr. Big (Michael Jackson’s Moonwalker – inserte aquí su propia broma pedofílica) y el jefazo del excelente Undercover Cops, que se sirve de hombres topo que aparecen del subsuelo, expelen minas antipersona, giran en el aire, se desintegran al ser golpeados y te asedian haciendo sonar una y otra vez las aborrecibles canciones de Chambao.

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Por otra parte, tenemos a la banda de macarras cibernéticos de Robo Army, la legión de termomix con patas del Battle Circuit (el único juego donde puedes manejar a una niña montada en un avestruz rosa tuerto o a una planta carnívora mutante) y, por supuesto, los robots con los que El Despedazador pretendía hacer sopa a las Tortugas Ninja: eran realmente plastas, armados con cuerdas de energía (no una en concreto, no: “energía”) y parecía que no morían nunca, al contrario que los robots de verdad, que les duran las pilas desde que abres los regalos de reyes hasta que desayunas.

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Los has combatido, los has sufrido y los has machacado. Y, como solía pasar con ese/a chico/a del cole con el que te tirabas del pelo y te insultabas, al final va a resultar que te hacen tilín. Yo, por mi parte, en esas listas absurdas que se utilizan para cuando no se te ocurre nada de lo que escribir en tu blog, siempre contesto “Los ‘Em”. >¿Qué tres cosas te llevarías a una isla desierta? Pues está claro: a mi novia para que la rapten, un grupo de ‘Em para inflarlos a mamporros y un par de barriles con pollos asados dentro. Por si hay gazuza.